Última actualización: jueves, 3 de junio de 2010 - 13:41 GMT

Fotorreportaje: Viaje al centro de la selva

  • En camino

    Empezando la ruta desde el puerto de Nanay, Iquitos. Foto: Javier Lizarzaburu

    Los eventos de Bagua de junio de 2009 en Perú, fueron quizás el hecho de violencia más doloroso en la historia reciente del país, que dejó 34 muertos.

    Pero el llamado “Baguazo” también dejó al descubierto una tensión latente entre Estado, grandes empresas comerciales y comunidades nativas, por las tierras y los recursos naturales de la Amazonía.

    Con un equipo de la BBC quisimos ver si la situación de exclusión, descrita para las comunidades alrededor de Bagua, era la misma en otras partes de la Amazonía, como nos habían afirmado varias fuentes.

    El lugar escogido fue la comunidad Yagua de Santa Úrsula, en la selva de la región de Loreto.

    Y así, una madrugada de mayo de este año, salimos desde el puerto de Nanay, en la ciudad de Iquitos.

  • Falta de protección

    Barco maderero. Foto: Javier Lizarzaburu

    Nos dio el amanecer surcando el Amazonas, el río más caudaloso del mundo. Conforme íbamos avanzando, este gigante de los ríos se iba haciendo cada vez más ancho.

    No hace falta alejarse demasiado de la ciudad para empezar a ver las barcazas que se llevan los tesoros de estas selvas.

    Grandes extensiones de la Amazonía han sido concesionadas a empresas madereras y de hidrocarburos. En algunos casos, se ha ignorado que dentro de la concesión viven comunidades nativas. En todos los casos, las empresas tienen títulos mejor definidos que los de las comunidades.

    La mayoría de las comunidades dice sentirse desamparada ante la constante arremetida de los que vienen por sus recursos. Para algunas, la explotación comercial de sus territorios no es el principal objetivo.

  • Deseado por todos

    Entrando en un brazo del río para llegar a Santa Ursula. Foto: Javier Lizarzaburu

    Dejamos atrás las inmensidades del Amazonas para entrar por sus tributarios, cada vez más pequeños, más estrechos, para ir acercándonos a nuestro destino.

    En un bote rápido alquilado, el viaje del equipo de la BBC llevó cuatro horas. Pero a los miembros de comunidades como la que íbamos a visitar, les toma dos días de ida y dos días de vuelta. Esto es, cuando pueden pagarlo, que es rara vez.

    Los ríos en esta parte del planeta son las auténticas calles por donde circula toda la vida que hay.

    Es en esas remotas regiones en donde -en mayor o menor escala- se siente el choque entre los intereses del Estado, los de multinacionales y los indígenas.

    El mundo mira con codicia la abundancia de la Amazonía y quienes siempre vivieron en su seno, invisibles, reclaman el derecho a que se respete su manera de vincularse con la tierra.

  • De leyenda

    Músicos con trajes típicos en la comunidad yagua en Santa Úrsula. Foto: Javier Lizarzaburu

    El día que llegamos, la comunidad yagua de Santa Úrsula nos recibió tocando sus instrumentos típicos y bailando, con sus trajes típicos hechos de una fibra de palma, la chambira.

    Estos trajes fueron los que -según los cronistas- confundieron a Francisco de Orellana en 1542 cuando exploraba el río. Cuentan que esta visión le hizo pensar que se había encontrado con las Amazonas, las mujeres guerreras del mito griego, y en ese mismo momento nombró así al río.

    El pueblo yagua fue uno de los primeros sobre los que escribieron los cronistas españoles. En esa época, el ser numerosos y tener fama de aguerridos guerreros los protegió en cierta medida de la presencia del extranjero.

    Con el tiempo la población se fue reduciendo. Se sabe que muchas comunidades yagua fueron esclavizadas durante la Fiebre del Caucho.

    Hoy visten sus ropas típicas solamente cuando tienen visitantes.

  • A lo lejos

    Una de las hijas de Lorena Carrión, de la comunidad yagua en Santa Úrsula. Foto: Javier Lizarzaburu

    A simple vista, todo parecía idílico.

    Viven alejados del ruido y el estrés de una ciudad, rodeados de una exuberante naturaleza, sobre un río tranquilo.

    La gente es cálida y amable, los niños se columpian en sus hamacas y juegan con sus monos mascotas.

    Pero de tanto en tanto, el sonido característico de una motosierra o de una lancha a motor rompía el silencio.

    Era el ruido que hacían los intrusos, que vienen a llevarse madera, carne y pescado del territorio yagua.

    A pesar de que esta comunidad tiene un título de propiedad sobre la tierra en la que vive, la actual legislación peruana no les permite hacer uso de sus maderas a menos que tengan los permisos adecuados.

    Permisos, trámites y gestiones que sólo se hacen en la ciudad y a un costo de miles de dólares.

  • Pescados y plátanos

    Lorena Carrión, cocinando platanos, en la comunidad yagua en Santa Úrsula. Foto: Javier Lizarzaburu

    Lorena Carrión, de 45 años, vive con seis de sus once hijos a orillas del río Orosa, un afluente del Amazonas, en la selva peruana.

    El día que llegamos a su comunidad, en Santa Úrsula, Lorena cocinaba dos minúsculos pescados y seis plátanos verdes sobre su horno de leña casero, para alimentar a su familia.

    “Estos días no tenemos mucho para comer”, dijo.

    Hacía un mes que su esposo había salido a cazar.

    “Antes, su tierra estaba llena de animales y los maridos sólo necesitaban ausentarse tres días”, nos explicó José Álvarez, un biólogo español del Instituto de Investigaciones de la Amazonía Peruana, IIAP, que nos acompañó en el viaje.

  • Niños y viejos

    Niños y viejo de la comunidad yagua en Santa Úrsula. Foto: Javier Lizarzaburu

    En esta comunidad sólo viven niños menores de diez años de edad -más de la mitad con desnutrición crónica- y adultos.

    Pero no se ven jóvenes.

    Muchos, como los hijos mayores de Lorena, se han ido a probar suerte a las ciudades.

    En Santa Úrsula, la gente dice que quiere recibir un pago justo por sus recursos, para poder gastarlo en educación y medicina.

    "¿De qué sirve tener tierra si no la podemos controlar?", pregunta Lorena.

  • En sus manos

    Casa típica de los yagua en Santa Úrsula. Foto: Javier Lizarzaburu

    Para Alberto Chirif, antropólogo del Instituto del Bien Común, en Iquitos, el gobierno no tiene capacidad de gestión en la Amazonía.

    Sostiene que lo más práctico sería “asignar el uso de esos recursos a los pueblos que viven alrededor, y que se benefician de ello, para que puedan hacer una buena administración de los recursos y el Estado en convenio podría ampliar su control sobre los recursos, pero no lo hace”.

    Sin embargo, Mayta Cápac Alatrista, presidente ejecutivo del INDEPA (Instituto Nacional de Desarrollo de Pueblos Andinos, Amazónicos y Afroperuano), señala que “hay que tener en cuenta que en la Amazonía hay unos 300.000 habitantes nativos, dispersos en una amplia geografía. El Estado no tiene los recursos para llegar a todos ellos”.

    Y explica que "si bien el Estado garantiza la propiedad privada, muchas veces es incapaz de poner vigilancia en cada comunidad del país".

  • ¿Un paso adelante?

    Dejando la comunidad yagua en Santa Úrsula. Foto: Javier Lizarzaburu

    Algunos sostienen que tuvieron que morir 34 personas para que se hiciera algo.

    En el último año, después de los eventos de Bagua, el gobierno instaló cuatro mesas de trabajo para analizar la problemática nativa; el Congreso derogó los decretos que habían cuestionado los indígenas.

    Más aún, en lo que muchos consideran un signo esperanzador, en mayo de 2010 el Congreso aprobó la llamada Ley de Consulta de las Comunidades Nativas que, en principio, sienta las bases para un diálogo más horizontal y considerado a la hora de legislar sobre los recursos de la Amazonía.

    Quizás, llegará el momento en el que el esposo de Lorena Carrión no tenga que internarse un mes en la selva para traer comida para su familia.

    Quizás entonces, los Carrión tengan más opciones a mano.

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