Última actualización: martes, 6 de julio de 2010 - 11:28 GMT

En las garras del "paco" en Argentina

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La dosis la consiguen por menos de dos dólares en los pasillos de las "villas miseria" de Buenos Aires y lo fuman a plena luz del día: niños, jóvenes, mujeres escuálidos y de manos renegridas, consumidos por el "paco", una droga que es hoy cuestión de salud pública en Argentina.

El paco, llamada también pasta básica de cocaína o pasta base o PBC, se ha convertido en la segunda droga que más gente manda a las salas de emergencia, después del alcohol.

En sus propias palabras

Christian Ríos, ex adicto

"La cabeza me decía que tenía que parar cada vez que terminaba de consumir. Pero el cuerpo sólo quería más..."

Un estudio del gobierno porteño revela que 2,9% de los pacientes que llegaron a las guardias de hospitales durante el año pasado lo hicieron a causa de este tóxico. La cifra no parece significativa, pero marca una tendencia: representa el triple de casos que en 2008.

"Epidemiológicamente, no es una sustancia de consumo masivo, pero marca una alerta sanitaria porque viene creciendo notoriamente, por el daño extremo que causa y, sobre todo, porque afecta a sectores de alta vulnerabilidad social", señala a BBC Mundo Roberto Canay, director del Observatorio Adicciones del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

Los pacientes del paco no sólo requieren atención por intoxicaciones severas, sino también por heridas y accidentes asociados a la violencia que desata este estupefaciente en territorios de exclusión y marginalidad.

Bautizada "la droga de los pobres", se hizo visible en Argentina tras la crisis socioeconómica de 2001, cuando el consumo se disparó muy por encima del de otros países latinoamericanos. Desde entonces, no ha parado de crecer.

Aunque en los últimos años ha penetrado en las clases medias de la sociedad, es en los bolsones de pobreza de la capital y el conurbano -el cinturón sobrepoblado que rodea a Buenos Aires- donde causa un número de muertes que nadie se anima a estimar.

En cada esquina

Supuesto expendio de paco

Los expendios de la droga están por todos lados en las "villas miseria" de Buenos Aires.

Villa Albertina, en el partido sureño de Lomas de Zamora, tiene calles de barro y cumbia. La música se cuela desde casas de ventanas abiertas, donde alguien se acerca y compra a otro que, adentro, cobra y entrega.

Los kioscos de paco están por todos lados, aunque pasen desapercibidos a la mirada de un visitante.

"Aquí todos sabemos. En la esquina de nuestra casa hay uno, ahí nomás… Y viene gente de otros lados a comprar. Se juntan, consumen, venden, roban para comprar. Son pibes de acá, que uno los conoce de toda la vida y ahora están en esto”, dice Rosalía, madre de un adolescente, que prefiere reservarse su apellido.

Isabel Vázquez también narra la historia en primera persona: su hijo Emanuel, un adicto que había elegido la rehabilitación, fue baleado en un cruce de pandillas en la guerra del paco que se libra en su barrio, Villa Lamadrid.

"Los chicos están más agresivos porque lo que mezclan en eso es cada vez peor. Veneno puro", señala Isabel, fundadora de la organización Madres contra el Paco, que lucha para erradicar el consumo.

Los chicos están más agresivos porque lo que mezclan en eso es cada vez peor. Veneno puro

Isabel, madre de Emanuel y fundadora de Madres contra el Paco

El primer análisis químico científico del paco, concluido en la Universidad de Buenos Aires hace apenas unas semanas, reveló "la fórmula letal": cada dosis, de apenas 0,01 a 0,03 gramos, contiene una base de alcaloide de cocaína mezclado con anfetaminas, bencina, ácidos y hasta malatión, un veneno para ratas.

Una droga barata que no es más que el desecho en la elaboración de la cocaína, aunque la cuestión del precio es asunto engañoso. Como el efecto dura apenas unos minutos, los adictos llegan a administrarse unas 20 dosis diarias, o hasta 70 si lo combinan con alcohol. Lo que representa, al final de una sesión de "fumatas", un gasto de unos US$140.

Ello explicaría, para algunos expertos, el incremento de una delincuencia que busca dinero urgente para un nuevo "saque" de pasta base. Otra vez, las estadísticas: según la Secretaría de Adicciones bonaerense, casi 70% de los "paqueros" termina robando para sostener el vicio.

Adicción incontrolable

Con un efecto de euforia que se hace cada vez más efímero conforme aumenta el consumo, la pasta base tiene alto poder adictivo.

"Al ser una sustancia que se calienta y se fuma, desde los pulmones con millones de terminales sanguíneas se genera una llegada rápida al cerebro. Un high muy fuerte y una caída también fuerte", explica a BBC Mundo Ignacio O' Donnell, un sociólogo que trabaja desde hace 14 años en tratamiento de adicciones.

Cada día son más los niños y jóvenes que llegan a los hospitales con graves daños neurológicos y problemas de salud de severa entidad por el uso de esta droga

Informe del Ministerio de Salud

La droga deja una huella inmediata en el cuerpo adicto: delgadez extrema, quemaduras en manos y labios por encender pipas y cigarros, problemas respiratorios y severas secuelas neurológicas.

Según revelamientos oficiales recientes, la mitad de los drogodependientes en los sectores más pobres de Argentina fuman paco con regularidad, la mayoría como "policonsumidores" de sustancias tóxicas varias.

"Cada día son más los niños y jóvenes que llegan a los hospitales con graves daños neurológicos y problemas de salud de severa entidad por el uso de esta droga", señala un reporte del Ministerio de Desarrollo Social de Buenos Aires.

Sistema en crisis

¿La consecuencia? Un sistema de salud pública de por sí saturado, incapaz de dar respuesta a esta nueva epidemia.

"Los médicos no están preparados para tratar a estos adictos, y no quieren hacerlo porque no tienen los elementos ni la capacitación", señala O’ Donnell.

"En las guardias, muchas veces nuestros chicos son los últimos en atenderse. Hay mucha discriminación. Primero hacen falta camas en hospitales para desintoxicarlos, pero de allí tienen que salir con una derivación específica en mano para acceder a un centro de rehabilitación y eso es muy difícil de lograr", reclama Alicia Romero, otra de las líderes de Madres contra el Paco.

Jóvenes en el centro de rehabilitación Flores.

Lla pobreza y la marginalidad son parte del problema, estiman algunos.

Los recursos no alcanzan para todos: se estima que hay 50 mil adictos "en lista de espera" y, según reconoce la misma Secretaría de Prevención y Lucha contra el Narcotráfico de Argentina (Sedronar), las 2.500 plazas con que cuentan para internaciones en todo el país están lejos de satisfacer la demanda.

Desde el gobierno porteño, en tanto, señalan que la Ley de Adicciones -votada en 2007 pero aún sin reglamentarse- establece la apertura de nuevos centros de emergencia y el despliegue de unidades médicas móviles en barrios carenciales.

"En los últimos dos años se han fortalecido mucho las instancias de atención, desde centros de internación a hospitales de día o convenios con organizaciones privadas. Hay que articular la iniciativa estatal con la de la sociedad civil que ya trabaja 'desde la trinchera'. El Estado no puede solo", alega Roberto Canay.

Muchos, sin embargo, coinciden en que la solución para el consumo creciente no puede pensarse sin atacar el problema de fondo: la erradicación de la pobreza y la marginalidad, de las que el paco es tal vez sólo un síntoma.

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