Historia de un adicto al "paco"

Cristian Ríos tiene 33 años y fue adicto desde los 13. Hace poco menos de dos que dejó de consumir pasta base, entre otras drogas ilícitas. Hoy está bajo tratamiento de recuperación en el Centro Flores, una unidad de día del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

Image caption Cristian Ríos lleva más de un año "limpio" de drogas.

"La pasta base la preparaba yo y consumía eso pero también metía otras cosas. Pero cuando me metí verdaderamente fue cuando me enteré que tenía VIH. No pensé en nada: fui directo a la villa y compré.

Empecé de a poco, hasta llegar a gastar cientos de pesos por semana o por día. No me fijaba.

Yo quería morirme y consumir pasta base para mí era suicidarme de a poco. El cuerpo no me decía basta, la cabeza me decía que tenía que parar cada vez que terminaba de consumir. Pero el cuerpo sólo quería más… y después más otra vez.

Yo fui adoptado y a los 10 años volví a vivir con mi mamá, pero me fui porque mi mamá estaba juntada con otro que no era mi papá, tenían una hija y la familia eran ellos. Yo sobraba, y por eso me iba a la calle. Estaba dos o tres meses escondiéndome, que no me vieran… todo era ocultar. Después volvía.

Estaba estudiando electricidad y un día me encontré consumiendo en el baño del colegio, cuando antes yo jamás me drogaba en el colegio. No podía parar, no me importaba que se notara o que no pudiera ni agarrar el mouse (de la computadora) para hacer la tarea...

Mala junta

Una noche hubo algo que me hizo un clic: estuve toda una noche consumiendo y quería llegar a mi casa antes de que mi hermano se levantara para que no me viera. Pero cuando llegué ya estaba despierto, me vio y se puso a llorar. Los dos somos adoptados y él era el duro de los dos, así que eso, verlo llorar, me mató.

Después, la peor fue cuando me mudé: se murió mi mamá adoptiva y yo vi la oportunidad de irme a otro barrio, de alejarme de la mala junta. Dejé de consumir pasta base, pero al poco tiempo empecé de nuevo con la cocaína. Un día, angustiado y con problemas de amores, empecé a consumir. Una cantidad que me duraba una semana, la consumí en tres horas. Fue una sensación espantosa, como que el colchón me tragaba.

Fui al espejo, me miré y me asusté. Tenía una cara esquelética. Abrí el botiquín y miré adentro, a ver si había alguien, porque ese no podía ser yo. Al día siguiente, volví a consumir.

La pasta base fue lo peor que hice en mi vida. El efecto es rápido, dura poco, y lo único que hacés en pensar en cuándo podés volver a fumar. Yo llegaba a mi casa a consumir y, aunque tuviera, si alguien decía que se iba a comprar una bolsita yo les pedía que me trajera 20 pesos para mí.

La recuperación

Mi patrón fue la primera persona a la que le pedí ayuda. El creía que era sólo marihuana que yo fumaba, pero era de todo: LSD, marihuana, cocaína, pasta base.

Llegué acá (al centro de recuperación) en una camiseta destruida, todo tatuado, todos pensaban que había estado en cana (preso) y acaba de salir, y tenía todos los berretines (mañas) de la calle. Y en realidad era un adicto en problemas.

Lo primero que me dijeron fue que 'de VIH hoy pocos se mueren, de sobredosis se mueren muchos más'.

A mi hermano no le gusta que esté acá, piensa que me lavan la cabeza. La primera vez que me vino a buscar preguntó por El Gori, y acá nadie me conoce así. Acá soy Cristian y El Gori es el personaje que yo era en las calles, con todos los tatuajes que me había hecho yo mismo y que me ayudaban a formar ese personaje, como una coraza.

Pero pude empezar a hablar: decirle acá a los compañeros que era homosexual y era portador de VIH. Me taladraba la cabeza no poder decírselo a nadie, porque en el entorno en que estaba no podía.

Yo viví casi en la calle desde los 16 años, era de dormir en una plaza, o debajo de un árbol, donde me agarrara la noche... Viviendo en la calle, ¿a quién le iba a decir yo que era homosexual? Y de las drogas, ¿qué le voy decir a mi mamá, si vende marihuana? ¿Qué le voy a decir, a mi hermano que consume? Yo estaba solo y me re costó encarar el tratamiento…

Fueron 20 años de consumo. Y me asustó dejar, porque era parte de mi vida. Era mi contacto espiritual y mi relax.

Acá nosotros tenemos un premio por no consumir, un llavero que te van dando cuando cumplís seis meses, nueve, después un año… Y yo me propuse metas: llegar al próximo llavero. Ahora tengo una colección y me falta el último, que es el de los dos años 'limpio'.

No es casual el regalo: uno lo lleva en el bolsillo que es el mismo lugar donde tiene la plata y donde tiene que buscar para pagar la droga. Metés la mano en el bolsillo y tocás la medalla… y uno se pregunta ¿voy a empezar a contar de cero, cuando ya llevo tantos días sin consumir?"

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