¿Son realistas las metas climáticas del G-8?

Líderes del G-8
Image caption Aún no se ha dicho nada en torno a cómo comenzar a implementar las metas de reducción de gases contaminantes.

Este jueves se reunieron por segundo día en la ciudad de L'Aquila, Italia, los líderes del G-8 (las siete naciones más industrializadas - Estados Unidos, Francia, Alemania, Italia, Canadá, el Reino Unido y Japón- más Rusia), para establecer un acuerdo que tiene como fin combatir el cambio climático.

Durante la jornada del miércoles, este grupo de países asumió el compromiso de reducir los gases con efecto invernadero en un 80% para 2050, mostrando de esta manera que están decididos a iniciar una revolución profunda en la forma en que la sociedad satisface sus necesidades energéticas.

Para llevar a cabo este proceso el único camino es un cambio radical.

Virtualmente, toda la electricidad deber provenir de fuentes renovables, de energía nuclear o del llamado carbón "limpio", si es que esta tecnología puede ser utilizada a gran escala.

La cantidad de electricidad generada en los países occidentales aumentará significativamente -llegando a duplicarse o incluso a triplicarse- a medida que el transporte y los sistemas de calefacción en los hogares y en los comercios dejen de utilizar combustibles fósiles.

Paralelamente a la revolución en los combustibles tendrá lugar un giro hacia la frugalidad, hacia un estilo de vida en el que ya no se desperdicia energía.

Esto, al menos, es lo que implica una reducción de los gases contaminantes en un 80%.

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Sospechas

Sin embargo, hasta el momento, los representantes del G-8 no han conversado sobre cómo comenzar esta revolución.

Claramente hay un destino: menos emisiones de carbono, pero lo que falta es una hoja de ruta para guiar el recorrido.

Y esto es precisamente lo que hace que muchos sospechen de que estas ambiciosas metas sean, en el fondo, cambios más cosméticos que significativos.

Otro tema que despierta sospechas es que la meta ha sido fijada para un futuro difuso, un tiempo en que -como lo admite el secretario de Energía y Clima del Reino Unido, Ed Miliband- ninguno de los jefes de estado que fijan estos objetivos estará en su cargo para responder en caso de que no se hayan cumplido.

¿Acaso el gobierno establece metas en términos de salud o para la población carcelaria o el número de personas que asiste a la universidad con 41 años de anticipación?

Por lo general no lo hacen y es por eso que los países en desarrollo y los ambientalistas quieren que los objetivos se fijen para 2020 o incluso para 2015, para obligar a las naciones occidentales a iniciar el camino de la transformación en este mismo instante.

A nivel doméstico, la Unión Europea y Japón plantearon metas para 2020 y la legislación que se discute en el Congreso de EE.UU. debería comprometer a Washington para una fecha similar.

Pero a excepción de la UE, nadie está fijando los objetivos que los países en desarrollo exigen y muchos países de la UE están -en verdad- atravesando dificultades para cumplir con sus compromisos más modestos establecidos en el Protocolo de Kioto.

¿Quién pagará la cuenta?

Ahora, los líderes del G-8 tratarán de persuadir a algunos de los principales países en desarrollo para que reduzcan en la mitad sus emisiones globales para 2050.

Para gobiernos como el de China, preocupados por el impacto climático, esta meta puede resultar interesante.

Pero es muy probable que no reciban con entusiasmo lo que consideran pura retórica del mundo occidental, ya que este discurso no se corresponde con su compromiso a corto plazo.

Este compromiso tampoco parece manifestarse en términos de dinero. De los países en desarrollo, India ha sido uno de los que ha manifestado desde hace tiempo que no está dispuesta a poner en riesgo su crecimiento económico recortando sus emisiones.

Por lo tanto, si Occidente quiere que el mundo en desarrollo viva su propia revolución energética, tendrá que financiar buena parte de ella.

Esta vez los gobiernos de las naciones emergentes quieren que el dinero se materialice y no recibir como antaño una serie de promesas amorfas.

Otro tema a tomar en cuenta es que muchos de los países más pobres no participan en las conversaciones actuales.

Y no hay garantía de que un acuerdo que beneficia a las economías que realmente se están desarrollando, como la de México o la de Brasil, lograrán el apoyo de aquellas a las que se califica "en desarrollo", pero que en realidad no lo están.

Hasta el momento, la meta del G-8 es sólo una meta y como tal, será el foco de múltiples objeciones.

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