La obsesión por los finales felices

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Image caption En DIsneylandia todo es felicidad

No es aconsejable esperar un final feliz para ninguna de las crisis que se ciernen sobre el mundo. Sin embargo, los tiempos son duros, y las conclusiones optimistas abundan en las historias que buscamos.

Hace dos años, un grupo llamado "Fundación del Final Feliz" alcanzó una momentánea fama.

Los miembros exigían que los autores de literatura infantil escribieran finales más felices e incluso - en conclusiones menos iluminadas - llegaron a sugerir que todos los "libros malos" fueran lanzados a la hoguera en todo el Reino Unido.

Una vez que se investigó la sociedad, se reveló que era una broma de mercadotecnia - una de esas que se ven mucho en el llamado "Día de los Bobos", que en Gran Bretaña se celebra el 1 de abril, y estábamos en octubre. Para entonces, ya la BBC y varios periódicos habían publicado la noticia.

Pruebas al canto

Vuelva usted a la década de los treinta, particularmente a sus películas, y encontrará un ubicuo proceso de "finalización feliz", durante una época de pobreza abyecta y de incertidumbre respecto al futuro.

Lo que los espectadores querían - a ambos lados del Atlántico - no era más que una dosis de diversión escapista. O, por lo menos, era lo que pensaban los financistas de la cultura.

Las historias clásicas terminaban de una manera más optimista cuando llegaban a la pantalla grande.

Sin embargo, antes de que siga leyendo, una advertencia: es imposible discutir el tema sin romper unos cuantos huevos metafóricos, lo que implica arruinar unas cuantas tramas.

Ahora, volviendo a los Estados Unidos de la Gran Depresión. Tómese como ejemplo el Frankenstein de 1931. En el libro, Frankenstein se casa con su mujer, Elizabeth, pero ésta es asesinada por el monstruo. Después, Frankenstein encuentra su muerte en el Ártico. En la película, muy por el contrario, el doctor Frankenstein y su mujer se reúnen y viven felices para siempre.

O vea usted "El jorobado de Notre Dame". En la novela de Víctor Hugo, el final contempla el ahorcamiento de Esmeralda, cuando Quasimodo elige morir junto a su cuerpo. En la película de 1939, sobreviven ambos.

Incluso la narración de John Steinbeck, "Las uvas de la ira", con el tema del sufrimiento en la tierra baldía, presentaba un final más esperanzador en la película de John Ford, de 1940.

Mensajes inapropiados

Para Tony Earnshaw, historiador del cine del Museo Nacional de Medio de Comunicación "la muerte de los protagonistas enviaba un mensaje totalmente inapropiado en una época en la historia de Estados Unidos en la que se estaba saliendo de la depresión y la gente tenía la vista puesta en un futuro mejor".

Según el historiador, "la gente debía salir del cine con la experiencia del héroe que conquista a la heroína rondándole la mente".

Así, no resulta nada de sorprendente que la expresión "final feliz tipo Hollywood" haya entrado en el léxico cultural británico, e incluso en algunos países no anglófonos.

Adelante la película hasta nuestros días y verá que, en la estrechez de nuestro tiempo, los finales felices vuelven a aparecer.

"Slumdog millionaire" barrió con los Oscars, representando la perfecta mezcla de una historia deprimente con un final eufórico.

Al mismo tiempo, un fenómeno editorial de los últimos años, el de las autobiografías de niñez conflictiva - "iluminado sufrimiento" - empezó a declinar el año pasado.

Las batallas por el final

Image caption La película "Las uvas de la ira" tiene un final demasiado esperanzador.

"A las biografías que tienen que ver con pobreza no les está yendo bien" - revela Philips Stone, editor de ventas de Bookseller. "Este género podría bajar en ventas en estos tiempos".

Por cierto, la teoría puede ser socavada por ejemplos de "finalización feliz" de cada década, se trate de tiempos difíciles o no.

Vuelva a 1961 y la adaptación de "Desayuno en Tiffany". En la noveleta de Truman Capote, Holly Golightly se marcha a Brasil. En la película hay un feliz final romántico en el que ella se queda con Paul.

En 1982, la película BLADE RUNNER termina con los protagonistas manejando plácidamente por el campo. Diez años más tarde, la versión editada del director, Ridley Scott, suprime el final feliz y cierra la película con los protagonistas que abandonan el departamento y enfrentan la incertidumbre del futuro.

Desde los 90, el guión de Quintin Tarantino para "True romance" disponía la muerte del protagonista, Clarence, quien caía abatido a tiros al final. En la película, sobrevive y lo vemos jugueteando con su mujer y su niño en la playa.

¡Y mejor que ni empecemos con las versiones de Disney de los cuentos de hadas tradicionales!

También los griegos

Uno puede incluso volver a la antigüedad clásica. Podemos concebir el drama griego en términos de la inevitable tragedia de "Edipo rey" o "Medea". Pero hasta los griegos esperaban finales felices, dice Alan Sommerstein, profesor de griego de la Universidad de Nottingham.

"La producciones trágicas griegas venían en grupos de cuatro - la cuarta era siempre una a todas luces una farsa. Y no todas las tragedias tenían lo que podríamos llamar un final trágico".

La "Ifigenia en Táuride", de Eurípides, se piensa que el personaje central ha sido sacrificado antes de la guerra de Troya. De hecho, se la llevan a Crimea, donde se transforma en una alta sacerdotisa que sacrifica marinos griegos. Un día, ella se apiada de una pareja de griegos, uno de los cuales resulta ser su hermano. Todos se las arreglan para escapar.

"En una tragedia tiene que ocurrir un desastre espantoso o éste ser evitado apenas. No importa cuál de las dos posibilidades" dice Sommerstein.

Y existía el convencimiento de que la tragedia podía hacer a la gente más feliz.

"Aristóteles argumenta que el drama trágico produce placer mediante el estímulo de las emociones. Yo mismo pienso en el tiempo de Shakespeare, que fue bastante duro, con la amenaza constante del brote de la peste."

También el maestro inglés

Shakespeare escribió tragedias y comedias. Es difícil ver el baño de sangre final de Hamlet y sentir la más mínima alegría. Una versión en que Hamlet y Ofelia llegan hasta el final, y fueran felices, sería absolutamente inaceptable, incluso para Hollywood.

Y, sin embargo, una obra de Shakespeare que va a pasar a la pantalla grande - "Cuento de invierno" - es el clásico final feliz llevado a su máxima expresión. La obra tiene un deus ex machina, en el que se impone un final desde arriba, recurso que tuvo una amplia trayectoria en el drama griego. Y es todavía un rasgo de las historias que se cuentan hoy.

El final de "La guerra de los Mundos", de H.G. Wells, no debió ser para nada alterado en la versión fílmica de Steven Spielberg, de 2005. El mundo es puesto a salvo cuando los alienígenas que lo invaden mueren repentinamente de una enfermedad. En una época obsedida por el terror y el cataclismo constituía el final perfecto, en opinión de muchos.

Pero siempre hay quienes califican el proceso de "finalización feliz" como torpe en lo fundamental, un signo de comercialización excesiva, de complacencia con nuestro lado más frágil.

Aristóteles se sintió muy contento cuando, un par de generaciones después de los escritores de tragedias clásicos, detectó un poco más de alegría en los dramas.

"Su conclusión fue que el público se había debilitado mucho" dice Sommerstein.