Mozart y otros clásicos en templos tecno

La fila de espera es enorme, algo usual en las madrugadas frente al club Berghain, elegido hace pocas semanas como el mejor club del mundo por la revista británica DJ Mag.

Image caption La propuesta ha tenido una buena acogida entre los jóvenes, que se agolpan a las puertas de la discoteca.

Pero los que esperan impacientes no tienen en mente una de las extremas noches del Berghain -los amplificadores más potentes de Europa, dos dark rooms para el sexo anónimo, la fama de un masivo consumo de drogas- sino pura música clásica. Al sello discográfico Deutsches Grammophon se le ocurrió la idea de presentar conciertos de música clásica en las discotecas más desenfrenadas de Berlín, buscando un público que hasta ahora le es esquivo.

"Los lugares habituales como las salas de concierto inhiben a la gente joven y por eso decidimos estrenar las nuevas grabaciones en los clubs más famosos de Berlín", explicó a la BBC Felix Mesenburg, representante de Universal Music Classics, la empresa que ahora posee los sellos Dekka y Deutsches Grammophon.

"Se trata siempre de grabaciones y músicos de primerísimo nivel mundial que se presentan en esos lugares con una entrada que cuesta unos 8 dólares, normalmente 3 o 4 veces más barata que la normal para este nivel de artistas", agregó Mesenburg.

En fila hacia el desconcierto

Preguntándole a la gente en la fila de espera, se nota que nadie parece saber quién o qué va a escuchar. "Me gusta la música clásica, pero es tan raro eso de las señoras con sus abrigos y esa seriedad de piedra en los conciertos que nunca se me ocurre ir", dice una muchacha de unos 25 años.

Image caption El sello Deutsches Grammophon busca en la discoteca un público que hasta ahora le ha sido esquivo.

"En Alemania uno siempre escucha, quiera o no, música clásica, así es que nunca anda muy lejos de nadie", comenta Axel, de 30 años. "Quizás, si las entradas fueran tan baratas como aquí, iría más seguido a los conciertos", agrega.

El público es exactamente el que los sellos discográficos esperan: en su mayoría jóvenes de entre 20 y 35 años, con un interés básico, no estimulado por la música clásica. "Esta noche son una cantidad, cerca de mil", asegura el portero.

Dentro del club, los DJ que habitualmente animan la noche ofrecen una música harto más tranquila que la habitual, mientras los llamados VJ -los que se encargan de los efectos visuales- proyectan meditativas imágenes en las paredes post-industriales de concreto y hierro.

El público comienza a pedir sus cócteles mientras se preparan para soportar largas horas de pie; en un club hay muy pocos lugares donde sentarse y la noche de clásicos se extiende desde las 09:00 de la noche hasta la 01:00 de la madrugada.

Esta noche toca la Orquesta de Cámara Mahler, un grupo famoso creado por Claudio Abbado; luego de una hora de tecno minimalista aparece la orquesta, todos con ropa de calle. Uno de los músicos explica algo de la pieza y comienza el concierto.

Es la Sinfonía 41 de Mozart.

Me gusta la música clásica, pero es tan raro eso de las señoras con abrigos y esa seriedad de piedra que nunca se me ocurre ir Joven berlinesa

Quieren más

La gente se mantiene silenciosa, pero nadie se molesta por un murmullo que viene de las filas posteriores.

Es bastante raro escuchar este tipo de música de pie, poder moverse por la sala y tener entretanto una cerveza en la mano, pero esta nueva atmósfera deja en evidencia lo rígidos que pueden llegar a ser los ámbitos habituales de los conciertos clásicos.

Felix Mesenburg cuenta que muchos músicos lo llaman para preguntarle cuándo podrán tocar otra vez en un club.

"Les encanta", dice. Y no es extraño, pues la mayoría de los músicos de la orquesta no son mayores que los jóvenes que acuden a sitios como el Berghain. Luego del concierto muchos se dedican incluso a conversar y a compartir cervezas con el público.

Otros tres clubes berlineses también se llenan cada vez que se ofrecen este tipo de espectáculos, una muestra de que no sólo los intérpretes están entusiasmados con la idea.

Un indicio que este camino para atraer al público joven a la música clásica podría ser el correcto.

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