Cambio metralleta por pimpollos

Joaco carga un azadón y tiene las uñas negras de tierra y el cuerpo acostumbrado a doblarse al medio para arrancar el yuyo salvaje. Sabe de begonias y margaritas y astromelias, del agua indispensable contra el sol impío, de abono orgánico y fertilizantes y de un oficio recién descubierto: el de floricultor.

Image caption En el Cerro de los Valores, trabajan paramilitares desmovilizados en 2003. Foto: León Darío Peláez.

Joaco vivió siempre en Medellín, Colombia, y es Joaco, así a secas, desde hace unos cinco años. Antes fue el Comandante Joaquín, cargó metralleta, manos sucias de sangre y cuerpo ágil para la lucha y la huida en un oficio que olvidó.

Cambió combate por combate: el de la bala de cerro a cerro entre milicias paramilitares y guerrilleros, por la batalla "contra los antivalores". En su hablar, las dos se intuyen igual de fanáticas, igual de extremas.

- Vamos a revolear machete y que nos vean trabajando. Nosotros tenemos que saber convencer y que crean que podemos cambiar… Somos constructores de paz.

Joaco quiere ser predicador, con iglesia propia y todo. Mientras tanto se dedica a las flores, desde aquel día de 2003 en que se acogió al proceso de desmovilización propuesto por el entonces presidente colombiano, Álvaro Uribe. Cedió fusiles por amnistía oficial, y el título de "para" por el de "constructor de paz". Lo repite. Sin grandilocuencias, como si necesitara creérselo a fuerza de repetirlo.

Durante los ocho años que Uribe estuvo al frente del país, el gobierno ha contabilizado la desmovilización de 43 mil guerrilleros y paramilitares, aunque a la vez ha estimado que quedan en actividad al menos otros 10 mil. En este conflicto intestino de más de cinco décadas, Joaco es uno de los que dijo "basta".

"Jardín de paz"

El Cerro de los Valores es un jardín en terrazas justo encima de la ciudad y justo debajo de una torre de alta tensión que al mediodía hace sombra sobre el verde. Un jardín pulcro pero de principiantes. Las matas se plantan en línea recta, agrupadas por especie y con cartelito. Platanillos, durantas, besos, camarones rojos y amarillos. Una eco-huerta de tomates y cebollas. Un bore morado en su apogeo, hojas grandes, negras, que conservan gotas perfectas de una lluvia que acaba de terminar. Un jardín sin pretensiones aparentes.

Y entre las matas, las piedras. Decenas de piedras con frases marcadas a pincel que hablan de paciencia, perseverancia, esfuerzo, perdón. Principios escritos a la cal, como si las plantas necesitaran más que abono y agua para justificar sus flores.

Image caption Joaquín Calle Ramírez, ex paramilitar, se dedica a la jardinería en el cerro. Foto: León Darío Peláez.

"El Cerro es un espejo que nos muestra cada día cuántos valores habíamos perdido", dice Luis Eduardo Arias, 25 años y cinco desde que desertó del Bloque Héroes de Granada de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). Limpia tierra y canta suave mientras imagina un futuro de arquitecto con escalas: primero el paisajismo, después verá.

Con la gorra de lado, Joaco corta hojas secas y controla bulbos recién enterrados. Por la tarde, se calza unas anteojeras manchadas de pasto y una de las diez guadañadoras que les proveyó Desarrollo Social para cumplir una misión: dejar la flor sin yuyo, "arrancar lo malo para que queden las maticas de vida".

"Donde antes la comunidad no veía sino bala y zozobra, ahora... ya ves, pues", dice y repite.

Donde hay jardín hubo antes basurero, y los vecinos de Caicedo, la comuna del cerro, agradecen la cruzada verde de los paras redimidos. Es fácil adivinarlo, con tanto saludo a Joaco y sus muchachos, con tanto niño de visita en el jardín de flores y toboganes de tronco, con alguna chanza de un vecino en tránsito desde las casetas de chapa de la loma hacia la ciudad que se ve abajo.

Recuerdos negados

A Joaquín no le gusta hablar del pasado. Sus ojos negros, hundidos, diminutos para su cara, se hacen aún más esquivos cuando piensa lo que no quiere. Lleva muchas preguntas arrancarle un recuerdo, y uno adivina que no es el ejercicio de memoria lo que le falla: tiene apenas 38 años.

Image caption Caicedo agradece la "cruzada verde" de los <i>paras</i> redimidos. Los niños juegan en el jardín. Foto: León Darío Peláez

Es que no quiere, que decidió esconderse detrás de un centenar de frases bonitas que repite en tono monocorde, como ensayando para los días de pastor. Que del camino de oscuridad nació la vida. Que sembrar es crear esperanza. Que el ayer es historia y el mañana, un misterio.

El viaje al pasado que Joaquín está dispuesto a revelar lo deja siempre en la misma estación: la tragedia de Villatina, 27 de septiembre de 1987. Él tenía 14 años y domingos de misa y películas de Bruce Lee, hasta aquella avalancha en el cerro Pan de Azúcar, erguido detrás de su comuna, que sepultó todo… casi 300 casas, muchos amigos, siete parientes, sus padres, su adolescencia entera.

La Base de Datos de Desastres Internacionales (EMDAT) considera el derrumbe de Villatina como uno de los diez peores desastres naturales urbanos en el mundo. Pero para Joaco la explicación es otra. Dice que el Estado nunca aclaró pero que todos sabían que en las cuevas del cerro estaban escondidas las municiones del M-19, el primer grupo de guerrilla que hizo de Medellín su territorio.

"Seguro fue una explosión, qué otra cosa... El instinto de supervivencia nos hizo coger las armas, fue la única opción en una cultura de violencia como la que había", dice.

Vivir en Metrallín

El Comandante Joaquín mataba para sobrevivir, él y sus hijos. Y el que sobrevivía en la Medellín del todo o nada, en "Metrallín", en la urbe más violenta del mundo en los '90, vivía bien. Vida de buena ropa, los mejores tenis, departamento bacano, rumba de vicios sin límites y todos los caprichos para sus hijos. Le tocó la cárcel, también: cinco veces desde aquella primera entrada al penal de Bellavista a los 15.

Image caption De los 64 desmovilizados que comenzaron el proyecto del Cerro, sólo quedan 12. Los otros volvieron “al mal camino”. Foto: León Darío Peláez

Afuera, él comandaba una milicia y las milicias eran dueñas y señoras de los cerros. En 1999 ingresó al Bloque Cacique Nutibara de las AUC y todo fue robo de autos, compra de municiones, combate a fusil.

- En ese tiempo todas eran películas. Si usted está metido en esta película, usted tiene que llegar a sobrevivir en esta película, el resto no existe. No hay más realidad.

Y en los ratos de ocio estaban las mujeres. Hubo muchas mamacitas, porque hay quienes siempre buscan al pillo, al que tiene el arma, la coca, la moto. Tuvo cuatro hijos de cuatro mujeres diferentes, vaya puntería para el embarazo. Hasta que "tocó echarle un nudo a eso" porque para la manutención de cuatro no hay sueldo que aguante, ni siquiera el de un paramilitar con rango de comandante.

Después llegaron las ofertas del Programa de Paz y Reconciliación del gobierno y las instrucciones del jefazo don Diego Murillo, alias "don Berna". Y Joaquín y otros 870 hombres del bloque entregaron las armas.

Dice que no fue por el subsidio que prometieron las autoridades sino que fue un llamado. Que Dios quiso, gracias Dios, porque el asunto se estaba poniendo cada vez más caldeado y él por primera vez conoció el miedo en el morro.

Volvió a sentirlo después: miedo de desmovilizado, miedo sin pistola, miedo por algún vecino que no cree en redenciones terrenales.

Días de jardinero

Joaquín roba una pitada de cigarrillo ajeno y se sienta en su oficina de sillón raído, escritorio enclenque y biblioteca de clavos mal puestos. Sonríe por única vez en la tarde y sus ojos parecen más grandes. Tiene reclamos, dice, porque el programa de paz paga por estudiar pero a ellos, que han aprendido todo del jardín "y de los sabios", nadie les reconoce el mérito de haber hecho verde el basural.

Repite sus frases hechas y de repente, desde algún lugar de la memoria, se le cuelan los versos de la militancia. No sabe muy bien cómo llegó hasta aquí la conversación, pero por un instante Joaquín se vuelve comandante, emoción contenida, ritmo de rap.

"Empuñando fusil y equipo

Campesino defenderé

De la agresión subversiva

Al país yo defenderé

Oh Autodefensas gloriosas

En el pecho llevaré…", canta y se queda sin aire Joaco.

Respira y cierra los ojos, que cuando se abren son otra vez hondos e impenetrables.

"Siempre le pido a Dios que me amarre todos los pensamientos negativos... y por ahora yo sigo cumpliendo con las uñas quebradas", dice y muestra uñas enteras pero negras de tierra y basura.

De los 60 paramilitares desmovilizados que trabajaban en el Cerro de los Valores sólo quedan 12. Los otros dieron marcha atrás y de nuevo "al mal camino", dice el ex comandante. Los que quedan lo saben pero no denuncian, y no es por lealtad al pasado sino por puro susto.

Image caption El cerro se asoma sobre Medellín, en una de las comunas más golpeadas por la violencia. Foto: León Darío Peláez

"Vienen a ofrecerme un millón de pesos, pero... ¿para qué? ¿Para vivir intranquilo? A don Diego (Murillo) ni el monte lo escondió, a Chupeta (el narco Juan Carlos Ramírez Abadía) le cambiaron la cara no sé cuántas veces y de todos modos lo cogieron… uno no se deja llevar por las cosas fáciles, porque así como entran fácil se pone uno problemas fáciles", asegura.

Y para alejar las tentaciones, nada mejor que ocupar la cabeza. Los 12 trabajan durante el día en la recolección y reciclado de la basura de la comuna y sueñan con convertirse en empresa con título y balance contable: de clasificadores de residuos a gestores ambientales.

Joaco muestra fotos y enumera sin ocultar orgullo. Un premio a la creatividad por la decoración con tapas de botellas, cuatro honores al alumbrado navideño del Cerro, menciones en la contienda municipal "Medellín florece" y otros concursos de floricultura y donaciones de US$3.000 para invertir en semillas.

Joaco, Joaquín Calle Ramírez, 38 años, abuelo y "constructor de paz" dice que esto recién comienza. Quiere convertirse en empresario, jardinero experto, floricultor ambicioso. No descansará hasta vivir de las flores. Después, ya lo sabe, sólo quiere volverse predicador.

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