El precio de dejar de ser judío ortodoxo

Judíos ultraortodoxos
Image caption Las comunidades ultraortodoxas viven en barrios cerrados, lejos del mundo secular. / Fotos: Noam Sharon

"Los niños, ese es el precio más alto", dice convencido Ido Lev, de 30 años de edad, quien no ha visto a sus dos hijos desde 2005.

Es difícil creer que este estudiante de ingeniería de software, que viste pantalones vaqueros y una camisa a cuadros, jamás haya lucido el traje negro y el sombrero del judío ultraortodoxo.

Han pasado siete años desde que se fue de casa, se cortó los rulos en un baño público, y pasó una semana entera durmiendo en un centro comercial.

Los judíos ultraortodoxos, también conocidos como Haredim, representan el 10% de la población israelí. La mayoría vive en aislamiento voluntario del "mundo secular".

Los hombres suelen pasar sus días estudiando las sagradas escrituras, que son el centro de los programas educativos tanto para ellos como para ellas.

Image caption Lev dice que se sintió "borracho de tanta libertad" cuando dejó a los <i>Haredim</i>.

En las calles, las novedades y noticias de la comunidad se anuncian en afiches, puesto que muchos residentes prefieren rehuir la influencia de la radio y la televisión.

Las fotografías de mujeres están prohibidas, y en algunas áreas, los coches que circulan en Sabbath corren el riesgo de ser apedreados.

La vida se rige por reglas estrictas, hasta el ínfimo detalle; Lev dice que "incluso está previsto cómo calzarse los zapatos".

Rechazo airado

Quienes escogen abandonarlo todo saben muy poco del mundo en el que están ingresando.

"Son como extraterrestres", dice Irit Paneth de la organización Hillel, que ofrece consejos prácticos a antiguos Haredim.

Muchas veces no saben cómo abrir una cuenta en el banco, usar internet, encontrar trabajo u alquilar un piso, dice, y mucho menos cómo moverse en un círculo social externo al que dejaron.

Además, pueden sufrir el rechazo airado de la comunidad que han abandonado. Lev explica que la familia de su esposa le prohibió mantener contacto con sus hijos, por miedo a que los persuadiera de dejar el culto.

Sin embargo, dice no estar arrepentido y todavía lucha por la tenencia compartida.

Su matrimonio había sido convenido por su familia; ahora tiene una novia. "Descubrí lo que es el amor. Lo vuelve todo muy complicado, pero mucho más feliz", afirma.

En los primeros meses tras abandonar, dice haberse sentido "como un borracho de tanta libertad".

Otro miembro de Hillel, Chani Ovadya, de 28 años, dice que ella y sus padres no se hablaron durante un año, luego de que resolviera dejar la vida religiosa.

Antes de irse, en secreto, alquiló un apartamento y comenzó a mudar de a poco su ropa.

"Fue el año más difícil de mi vida, y no tenía a mis padres o a mi familia querida, así que era peor", dice.

Polleras largas y modestas a un lado, viste una camisa apretada con escote, tacones altos y pantalones. Conduce una motocicleta y estudia ingeniería.

"Como mujer religiosa, lo máximo que puedes llegar a ser es maestra", explica. "Ahora estoy cumpliendo mis sueños", dice.

Image caption En los barrios de ultraortodoxos las reglas de vestimenta y dieta se cumplen a rajatabla.

"Entre dos mundos"

Paneth insiste en que Hillel no persuade a la gente para que deje de ser Haredim, sino que simplemente brinda información práctica a quienes resuleven hacerlo por sí mismos.

"Durante años, muchos viven entre dos mundos", afirma.

Paneth cree que los cerca de 2.000 ex Haredim que su organización ha ayudado en la última década son apenas la "punta de un iceberg", ya que los números se han disparado con el acceso creciente a internet y con él la cercanía del mundo secular.

La antropóloga Sarit Barzilai ha estudiado a antiguos Haredim. Explica que tras la fundación de Israel, se crearon áreas cerradas porque los residentes inmigrantes querían preservar sus formas de vida.

Su miedo a la sociedad secular es tan grande que si un hijo o hija decide dejar la comunidad, para los padres puede llegar a ser "el fin del mundo".

Si un hijo abandona, puede afectar las perspectivas de matrimonio de sus hermanos y hermanas, o influir en otros que estén considerando la posibilidad de dejar, señala.

Barzilai sabe de un caso en que un padre dijo a su hija que prefería matarla antes que verla "secularizada". La chica acabó suicidándose.

"Un dilema imposible"

Image caption Lev señala que si la comunidad puede ser cálida y dar apoyo, también puede ser "una cárcel".

"Rompe el corazón de la gente", dice el rabino Noson Weisz, quien da clases en Aish haTorah, un seminario ultraortodoxo cercano al Muro de los Lamentos, uno de los sitios sagrados para el judaísmo.

Para él es un "dilema imposible" el que enfrentan los padres cuando un hijo resuelve dejarlos.

"Cada uno de los hijos es mi hijo, y lo amo... Pienso: si pudiera concentrarme en éste sólo, superaría cualquiera sea el problema que tiene, pero mientras eso sucede, si lo tengo en casa, ¿qué clase de influencia será para el resto?".

De todas formas, dice que jamás aconsejaría a un padre cortar la relación por completo.

Weisz afirma que la sociedad ultraortodoxa es más amplia que la imagen estereotipada que de ella se da, y que incluye a muchas personas que trabajan en profesiones del mundo secular.

Si existen personas que la abandonan, es que la comunidad les ha fallado.

Dice que en tres décadas de trabajo apenas ha conocido cuatro o cinco casos de miembros que han dejado, mientras que los judíos que optan por un estilo de vida religioso los cuenta de a miles.

En el salón de plegarias del seminario, un grupo de jóvenes se balancea hacia delante y hacia atrás sobre sus libros de oraciones, mientras otros debaten pasajes de la escritura.

Para ellos, hay un estilo de vida enriquecedor, centrado en la familia, la comunidad y el sentido trascendental, que encuentran aquí.

"Hay 613 leyes que rigen nuestra vida, pero yo las llamaría 613 posibilidades o formas de conectar con Dios", dice el estudiante británico Michael Mann.

Lev coinciden en que ciertamente la vida del ultraortodoxo es muy valiosa para algunas personas.

"Quizá para los extraños parezca una secta, un tanto primitiva", dice, pero "puede ser una comunidad feliz", "un lugar muy agradable".

"Claro que si no tienes la fe dentro, es como una cárcel", apostilla.

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