Diplomacia: partir con un cañonazo

Buzón londinense y cartas que se aprestan a entrar
Image caption Algunas cartas eran tan indiscretas que se tuvo que suspender la tradición.

Si alguna vez quiso saber lo que de verdad se le pasa por la cabeza a un diplomático británico, no tiene más que leer esta colección de cartas de despedida, donde los embajadores de Su Majestad británica dicen lo que piensan del país anfitrión, de sus homólogos y hasta de la propia cancillería para la que trabajan. Ojo: no se responde por dignidades ofendidas.

Fue el periodista Matthew Parris, quien alguna vez trabajó en la cancillería británica, el que quedó fascinado con esta costumbre de siglos: ser franco hasta la náusea en una carta de despedida que cerraba la estancia en algún país o bien, la carrera diplomática.

Parris creyó que estos despachos de despedida –con algo del espíritu etílico que ronda el discurso de un empleado a punto de la jubilación– podían constituir una buena serie de radio. Y no se equivocó.

Dos cosas hay que señalar antes de examinar algunos de estos verdaderos obuses disparados por embajadores británicos al momento de partir. La costumbre de esta carta final –dirigida a la cancillería y ojos afines a la diplomacia– fue prohibida en 2006, luego de que –en tiempos del correo electrónico– se filtrara una particularmente bochornosa.

La segunda cosa es que Parris acudió a la Ley de Libertad de Información para desclasificar estas joyas de la lira de estos observadores agudos, a veces pomposos, eurocéntricos, pero grandes estilistas, como si hubieran sabido que alguna vez sus opiniones privadas se transformarían en moneda pública.

A cañonazos con el mundo

Para Lord Moran, embajador en Canadá, en 1984, los canadienses no presentan entre ellos la feroz competencia de talentos que se da en el Reino Unido.

Según Lord Moran tampoco es necesario ser muy bueno en nada en ese país, puesto que cualquier talento mediano "tiende a ser una figura nacional, y cualquiera que se destaque entre la multitud recibe toneladas de elogios y la Orden de Canadá inmediatamente".

Un embajador en Vietnam cuyo nombre no se menciona, dice no caber en sí de gusto porque se marcha –después de cuatro años en Hanoi- dejando atrás seis misiones de la Comunidad Europea de ese tiempo que viven o tienen sus oficinas en hoteles infestados de ratas, y donde “muchos extranjeros…diplomáticos o no, están al borde mismo de la insania”.

África –continente de ex colonias británicas- difícilmente podía escapar a la munición de despedida diplomática, como este embajador que extiende a todos los africanos lo que creyó descubrir en Nigeria: "los nigerianos tienen el enloquecedor hábito de elegir siempre la estrategia que les garantice el máximo de daño a sus propios intereses".

Latinoamérica

¿Qué continente que se precie de tal podría no dejarse agredir por la pluma virulenta de un representante de Su Majestad británica? Reitero que la carta de despedida era la oportunidad para que un embajador fuera insultante, grosero o indiscreto, sin el menor temor a represalias.

Robert Pinsent, tomó la oportunidad a dos manos, cuando en 1967 escribió desde Managua: "…es un puesto difícil, sin duda. Tener que vivir en una residencia totalmente inadecuada para la vida diplomática y la vida cotidiana, sin disfrutar de necesidades básicas como agua caliente. Mi primera experiencia como embajador de Su Majestad fue afeitarme con el agua de una tetera."

Y debe haber sido la falta sostenida de agua caliente la que llevó al embajador Pinsent al desahogo de este golpe bajo el cinturón: "Mucho me temo que es un hecho indisputable que el nicaragüense medio es el más alcohólico, violento, poco confiable y deshonesto de los latinoamericanos."

Cuestión de piel

Mientras tanto, el Brasil del que se despide John Russell, en 1969, es una tierra de gente cálida, hospitalaria y bondadosa.

Sin embargo, su elogio de la futura fusión de las razas no deja de parecer algo equívoco: "En una generación o dos, el problema racial dejará de existir. Para entonces, no habrá ni negros ni blancos identificables. En Estados Unidos, una gota de sangre negra hace negro a un hombre blanco. Aquí, una gota de sangre blanca vuelve blanco a un hombre negro (aunque un poco de dinero consigue el mismo objetivo)."

El paciente chileno

En 1998, en momentos en que se exhibía en todo el mundo la película “El paciente inglés”, una orden de un juez español dejaba atado a una clínica londinense –donde había venido buscando tratamiento– al ex gobernante militar chileno Augusto Pinochet.

Motejado irónicamente "El paciente chileno", Pinochet volvió a polarizar a la sociedad de su país desde su lugar de detención en Londres. Años más tarde, desde Lisboa, la entonces embajadora británica en Santiago, Glynne Evans, recordaría que el arresto de Pinochet "me hizo la vida extraordinariamente interesante…era muy raro estar en el centro de un cambio histórico tan grande; nunca en mi vida había recibido tantas amenazas de muerte"

Estos embajadores podrán ser pomposos, profundos observadores de la realidad y agudos estilistas para describirla. Pero tampoco hay que negarles que desarrollan su labor permanentemente imbuidos del lugar común de que "la diplomacia es la continuación de la guerra por otros medios."

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