Todo lo que crees saber sobre deporte es errado: belleza y la ilusión de la complicidad

Vista aérea de canchas de fútbol. Derechos de autor de la imagen Getty Images
Image caption El fútbol: "Un ballet espontáneo, una pieza sin autor de arte cinético...".

A mi abuela le encantaba la belleza. En su propio, muy poco pretencioso estilo, estaba llena de raros impulsos artísticos, al punto que una vez hasta fabricó un cáliz de plata para su iglesia en Birmingham.

Y también le encantaba el fútbol: se sentaba en la ventana del piso de arriba de su casa, que daba al parque de King's Heath, también en Birmingham, para ver a la distancia los partidos que ahí se disputaban.

"El fútbol estuvo muy lindo hoy", comentaba, a veces, después.

Sabía que el objetivo del juego era marcar un gol. Y sospecho que también sabía que, con la excepción del arquero, a los jugadores no se les permitía usar las manos. Pero creo que hasta ahí llegaba su saber.

A ella, el fútbol le gustaba por su belleza. Y el hecho de que los protagonistas del juego fueran jóvenes y atléticos no era un factor relevante en sus consideraciones estéticas, pues estaba demasiado alejada para apreciar esto con alguna intensidad.

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Image caption Al fútbol también lo llaman "el ballet de la clase trabajadora".

Más bien, lo que disfrutaba eran los patrones cambiantes de colores: las camisetas rojas, azules y blancas que mezclándose y separándose, moviéndose de acá para allá como en un ballet espontáneo o una pieza sin autor de arte cinético

El placer de lo bello

El deporte es a menudo hermoso. Y su belleza es uno de sus muchos placeres.

Y esto es cierto no sólo para los observadores distantes que a menudo no están seguros de las reglas de la competición.

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Los aficionados al fútbol, por ejemplo, constantemente están votando por el gol de la semana, o el de la temporada.

Y, en estricta lógica, ¿cómo puede ser un gol mejor que otro?

Un gol marcado de rebote después de un tiro de esquina cuenta lo mismo que un disparo que se curva majestuoso en la distancia antes de entrar por la escuadra o un gol marcado luego de una coreografía de diez pases: todos valen lo mismo en el marcador.

La gente, sin embargo, insiste que algunos goles son más iguales que otros.

Y ese es un juicio puramente estético.

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Image caption La belleza del críquet: ¿sólo para conocedores?

O tómese la sala de prensa del emblemático campo de críquet de Lord's: un cuarto lleno de gente que ha visto críquet a diario durante muchos años y donde muchos han practicado el deporte al máximo nivel.

Esto significa que todos ahí entienden muy bien el valor de cada carrera. Y, aun así, esa sala se llena con un runruneo de satisfacción cuando un bateador "conecta para cuatro" de cierta manera…

Una vez más, se trata de un juicio estético, pues no todos los batazos son saludados con ese ruido: dicho runruneo es reservado para unas pocas conexiones, para aquellos casos en que lanzador y bateador parecen haber trabajado juntos para producir un resultado perfecto.

Es un ruido reservado para celebrar lo que yo llamo "la ilusión de la complicidad".

La ilusión de la complicidad

Se trata de una ilusión particularmente vívida, porque uno sabe todo el tiempo que el lanzador en lugar de estar en armonía con el bateador está haciendo todo lo posible para que falle.

Pero que el bateador logré aprovechar ese esfuerzo en su beneficio es algo a la vez conceptualmente elegante y tremendamente hermoso en la realidad.

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Image caption "Cuando lanzador y bateador parecen haber trabajado juntos para producir un resultado perfecto".

El tema es que, para mí, hay dos tipos de belleza física en el deporte.

La primera es la belleza puramente incidental, como la de Usain Bolt, el corredor olímpico, o incluso el caballo Dancing Brave, dos ejemplos clásicos de belleza, tanto en reposo como en acción.

Pero luego también está la belleza consciente, cuando los atletas son específicamente premiados por la belleza de sus movimientos, como sucedía, por ejemplo, con Roger Federer.

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Image caption La belleza en el movimiento de Usain Bolt.

Federer, en su mejor momento, creó algunos de los momentos de mayor belleza jamás vistos en el deporte.

Él, más que nadie, sabía crear esa ilusión de complicidad: la sensación de que su oponente colaboraba con él para ser derrotado, que su rol era simplemente destacar la incomparable habilidad del gran Federer…

Y esto llegó a alcanzar un nivel tan alto que muchas veces escuche a la cancha central reírse en voz alta por el asombro y la sorpresa y, sobre todo, el placer provocado por lo que acababan de presenciar.

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Image caption La eficiente belleza de Roger Federer.

"Es un artista", decía todo el mundo. Y eso es cierto, pero a la vez no, porque Federer no estaba tratando de crear arte: estaba tratando de crear victorias. Y su oponente estaba tratando de evitarlo.

Federer no buscaba el arte, este era nada más su método. Si la brutalidad o la monotonía hubieran estado disponibles, o hubieran sido más efectivas, él muy probablemente habría acogido esa opción.

Pero Federer creaba belleza porque era su mejor táctica para la ganancia comparativamente sórdida de la victoria.

Y fue eso lo hizo ser adorado por todo el mundo: no sólo el haber ganado 17 títulos del Grand Slam, sino haberlo hecho hermosamente.

La belleza premiada

También hay, por supuesto, otros deportes que tratan de crear belleza de forma más o menos consciente.

Clavados y gimnasia, por ejemplo, reciben puntos por la dificultad de los movimientos de los atletas, pero estos movimientos también están ejecutados y diseñados para mostrar belleza.

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Image caption En clavados, como en gimnasia, la belleza tiene su recompensa.

Y, en ambos casos, el cuerpo es presentado conscientemente como algo hermoso y perfecto, mientras que el clavadista mantiene la pose al inicio y el gimnasta al final, para que el momento de inmovilidad contraste perfectamente con la belleza del movimiento.

Piénsese, por ejemplo, en la clavadista olímpica china Guo Jingjing: en su cara y cuerpo que expresan una grave elegancia atlética en su momento de inmovilidad, antes del clavado, y luego en su salto; en los giros y piruetas de su cuerpo en el aire y su breve victoria sobre la gravedad seguida por la entrada vertical, esa que no provoca el splash de la rotación insuficiente o exagerada, sino el redoble de tambor de la entrada perfecta al agua.

O tómese el vuelo sin alas de Epke Zonderland al momento de ganar la prueba de la barra fija en las olimpíadas de Londres 2012, un momento deportivo de gran belleza.

Pero, ¿fue hermoso porque se tradujo en victoria?

Eso no fue algo que abordó Santo Tomás de Aquino cuando trató de definir lo estético, ni tampoco su discípulo, Steven Dedalus, en su "Retrato del artista adolescente", así que van a ser ustedes los que tendrán que contestar.

Lo que sí es cierto es que la victoria hace que la experiencia sea más vívida.

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Image caption "El vuelo sin alas de Epke Zonderland....".

¿Y no fue acaso más hermoso aún por causa el riesgo? ¿Por la posibilidad de que Zonderland se cayera y se fracturara el cuello? ¿Porque si su mano no hubiera logrado asir la barra en una de esas espectaculares secuencias habría terminado desperdiciando cuatro años de su vida?

Después de todo, eso fue lo que le pasó al gimnasta holandés en los Juegos Olímpico de Río 2016...

"Impresión artística"

Por lo demás, antes de 2004, el puntaje de las pruebas de patinaje sobre hielo también incluía la categoría de presentación, también conocida también como "impresión artística", lo que significa que la belleza podía terminar siendo decisiva a la hora de definir la medalla de oro.

Y en la danza sobre hielo, donde no hay saltos, las valoraciones estéticas eran -y todavía son- cruciales.

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Image caption En el patinaje artístico, la belleza puede terminar garantizando la victoria.

Ahora, muchos han argumentado que la danza sobre hielo nunca llegará a ser considerada un gran arte ni tampoco un gran deporte, pero cuando Torvill y Dean ganaron su medalla de oro en Sarajevo en 1984 eso fue, indudablemente, algo grande.

Y más allá de cualquier objeción sensata que se pueda tener, también fue, sin ninguna duda, algo hermoso.

Aunque es cierto que no en muchos deportes se gana gracias a la presentación, eso no significa que los mismos están desprovistos de impresión artística: el fútbol ha sido llamado el ballet de los trabajadores y la gente compara a David Gower y Denis Compton, dos grandes jugadores de críquet, no por el número de carreras que anotaron en sus carreras, sino por la belleza con la que lo hicieron.

La belleza deportiva

¿Cuál es, entonces, la línea de la belleza deportiva?

Yo la he visto en los batazos de Gower, en el gol de Ronaldihno contra Inglaterra, en el equipo de rubgy siete de Fiyi, en el caballo Desert Orchid, en la forma de correr de Michael Johnson, en el heptatlón de Jessica Ennis-Hill, en el patinaje sobre hielo de Katarina Witt, en el dressage de Valegro…

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Image caption Valegro y Charlotte Dujardin en la competencia de dressage de Londres 2012.

También en el trabajo en las barras asimétricas de Svetlana Khorkina, en los saltos de pértiga de Yelena Isinbayeva, en la forma de nadar de Ian Thorpe, en los clavados de Fu Mingxia.

Y, una y otra vez, en eventos menores: en futbol en el parque, y a veces incluso en la cancha de Birmingham donde yo fui una de 13 camisetas blancas en movimiento. Puede que hasta haya deleitado a mi abuela…

El deporte es muchas cosas. Y muy a menudo es belleza.

A veces, deliberadamente, y a veces como el glorioso subproducto de la búsqueda de la victoria.

No en balde en deporte se habla de "ganar jugando feo" como si fuera una contradicción.

Y eso es porque, en el fondo, el deporte nos gusta más cuando también es hermoso.

*Este artículo es una adaptación de un episodio de la serie radial Everything You Think About Sports is Wrong, de BBC Radio 4, que se puede escuchar (en inglés) aquí.

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