Cómo se gasta en tiempos de vacas flacas

Alcancía, tarjetas de crédito y billetes
Image caption La crisis ha causado una reducción del gasto, aunque no se presenta de la misma forma en todo el mundo.

Algunos abandonan las tarjetas de crédito y dejan de comer afuera, mientras que otros deciden no comprar ropa nueva ni salir de vacaciones. La gran mayoría traslada su precario gasto de consumo al mercado de alimentos, en particular al pan y los fideos. Estos son algunos de los cambios imprescindibles del gasto en la época de vacas flacas que llegó en hombros de los principales bancos del mundo.

En Gran Bretaña, la crisis económica le propinó una bofetada en pleno rostro no solamente a los sectores más pobres de la población, sino también al consumo de marca registrada.

Una sociedad acostumbrada al crédito fácil y la deuda cuantiosa se vio, de la noche a la mañana, con la pistola al pecho y el cinturón apretado en unos cuantos agujeros, debido a la crisis económica.

A partir de ahí, treinta y un millones de británicos consumen ahora productos que fabrican los propios supermercados, en oposición a los sólo diez de hace un año, un gran descenso entre los que compran los productos de marcas prestigiosas.

Cómo gastar en Latinoamérica

Pese a que el consumo se ha comprimido en América Latina, la crisis financiera y la recesión mundial no han tenido el mismo impacto negativo que cualquiera de las crisis que azotaron la región en los últimos veinte años. “Salvo Venezuela y Argentina ”– dice Justine Thody, directora regional para América Latina de la Unidad de Análisis de la revista económica The Economist – “la crisis actual no ha venido aparejada con una crisis de las tasas de cambio, de la deuda pública o de una inflación rampante”.

Sin embargo, la ausencia de las repercusiones traumáticas de estos fenómenos sobre la economía del hogar no significa que no haya habido un desplazamiento del consumo motivado por la coyuntura mundial.

En tiempo de crisis – afirma Thody – el primer sector que abandona el consumo es el de los automóviles y los productos electrodomésticos, así como el sector de servicios que comprenden vacaciones y restaurantes.

En un desplazamiento vertical del consumo, éste hace aumentar las ventas de los supermercados. La idea parece ser: en tiempos de crisis, más comida en casa.

Pero, ¿cómo es la situación específica en algunos países de América Latina?

México: no retorna la confianza

Image caption En México, la deuda se trasladó a las tarjetas y la oferta de crédito se redujo enormemente.

La segunda economía de la región presenta un gran declive en el consumo debido al derrumbe de la confianza.

Los últimos cinco años han visto un aumento del empleo sólo en los puestos temporales de la economía informal, una baja de las remesas que envían los mexicanos en el exterior y una renovada canalización del crédito bancario, que terminó en crisis.

A partir de 2006, el Estado mexicano dejó de ser uno de los grandes prestatarios de los bancos, y éstos comenzaron a prestarles dinero a los consumidores a altísimas tasas de interés.

La mitad de ese dinero fue a tarjetas de crédito. En 2008, gran parte de esa deuda se transformó en “activos tóxicos”, es decir, en dinero casi incobrable.

Resultado: los bancos comenzaron a recoger las tarjetas, la oferta de crédito se redujo enormemente, con su consiguiente repercusión sobre el consumo.

Brasil: la voluntad de gastar

Para Justin Thody, el caso de Brasil se puede caracterizar como el de una pequeña recuperación gracias a la intervención del gobierno para reactivar la economía mediante exenciones impositivas en lugares que han sido golpeados duramente por la crisis.

Brasil ha ido en contra de la tendencia natural del consumo en tiempos de crisis, al estimular la compra de automóviles, electrodomésticos y materiales de construcción, lo que ha tenido un gran impacto en la economía, a pesar de la onda recesiva.

Los bancos – nos dice Thody – continúan prestando a los consumidores. Los préstamos están garantizados por el salario mensual del consumidor. Las tasas de interés son altísimas (hasta de un 46%) en un país donde la inflación es de cerca de un 6%.

¿Qué hace que un brasileño quiera endeudarse de semejante manera por un refrigerador, un televisor de plasma, un automóvil? Simplemente, el hecho de que ésta es la primera generación de consumidores que disfruta de crédito. De aquí las expectativas, y la voluntad de gastar a cualquier precio.

Chile: guardar para la época de vacas flacas

Chile disfrutó de una época de bonanza de un precio espectacularmente alto para su principal exportación: el cobre. El gobierno de Michelle Bachelet tuvo el buen tino de crear un fondo de estabilización y guardarlo en el extranjero.

Ante los primeros golpes de la crisis, el gobierno chileno reactivó la economía echando mano a un 20% de ese fondo para utilizarlo en subsidios directos a unas cuatro millones de personas, incluidas amas de casa que jamás habían hecho un aporte para su pensión.

Image caption En Chile el consumo se desplaza hacia los alimentos, pero no en los supermercados sino en ferias libres.

"Veinte millones de tarjetas de crédito dejaron de crecer desmesuradamente" –le dijo a BBC Mundo Ernesto Benado, director de CONADECUS, el Consejo Nacional de Consumidores y Usuarios- "la gente comenzó a manejar el crédito de una manera más racional".

En un país con alto desempleo, Ernesto Benado puede apreciar un claro desplazamiento del consumo hacia el ámbito de los alimentos.

En el caso de los sectores populares, el poder adquisitivo se traslada al pan y los fideos.

Siempre en el sector alimentario, los chilenos eluden pagar el 19% del IVA que grava todos los alimentos saltándose los supermercados y comprando en las ferias libres.

Otra táctica similar ocurre en el campo de los remedios, donde las medicinas patentadas tienen precios prohibitivos. La gente acude a las cadenas de farmacias que expenden medicinas genéricas.

La guerra de las marcas

Tal como en Gran Bretaña, los supermercados chilenos han intentado promocionar sus propias marcas en los distintos rubros alimentarios, pero estas marcas -en opinión de Benado– alcanzan apenas un 10%.

Dos cosas curiosas ocurren aquí. Primero, resulta irónico que sean los mismos fabricantes de los productos de marca tradicional quienes fabriquen la marca alternativa – y quizás de menor calidad.

Y, segundo, al decir del director de CONADECUS, y al revés de lo que ocurre en el Reino Unido, la publicidad es tan avasalladora que –pese a que no hay estadísticas confiables– resulta evidente que un gran número de consumidores se inclina por las marcas establecidas.

Como sea que fuere, en tiempos de vacas flacas los países dan las batallas que pueden y no las que quieren. Y al término de la guerra, aparecen los habituales vencedores y vencidos.

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