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El lado bueno de mentir

25 feb 2012 23:20 GMT

Clare Allan, novelista

Especial para la BBC

Pinocho

El otro día estaba leyendo un libro con mis sobrinos. En cada página, había un pequeño pato amarillo escondido detrás de otros dibujos. Mi sobrina de dos años disfrutaba como loca cada vez que lograba encontrar al pato escondido.

"¡Pato! ¡Pato!", gritaba contenta. Y cada vez que lo hacía, su hermano saltaba diciendo: "¡No! Ahí no hay ningún pato". "Sí que hay", decía yo. "Mira, tu hermana tiene razón. Ahí hay un pato". "No, no hay ninguno", me respondía con una sonrisa de oreja a oreja.

Y es que me sobrino de cuatro años estaba descubriendo el placer de decir mentiras.

No recuerdo cuantos años tenía cuando dije mi primera mentira, pero imagino que una edad similar a la de mi sobrino. A los niños no les toma mucho tiempo aprender a inventar cosas.

A veces, los niños, al igual que los adultos, mienten para evitarse problemas. "No le pegué", dice mi sobrino cuando su padre se acerca porque su hermana está llorando en el piso. Pero, la mayoría de las veces, lo hacen por puro gusto, por el placer de crear una realidad independiente de los hechos.

Libertad

Las mentiras siempre me fascinaron. Creo que lo que me llama la atención es el hecho de que cuando la gente miente es libre de una manera que no lo es cuando dice la "verdad".

Los mentirosos no tienen restricciones de ningún tipo. La realidad suele estar limitada por factores tediosos como la falta de dinero, oportunidades, suerte, talento o lo que sea. Cuando la gente miente revela el mundo tal y como debe ser, como sería si la realidad no se colase entremedio.

Como novelista, por supuesto, miento todo el tiempo. Y, como me interesan las mentiras, mis personajes suelen mentir bastante.

Mi primera novela, "Poppy Shakespeare", cuenta la historia de una mujer que se encuentra en un hospital psiquiátrico y tiene que hacerse pasar por loca para recibir el subsidio que le corresponde y usarlo para pagar al abogado que la ayude a demostrar que no está loca.

Cuando fui a los Países Bajos para promocionar mi novela, me vi atrapada sin querer en una situación en la que no me quedaba otra que mentir. Descubrí que habían publicado mi novela con la biografía de otra persona en la contratapa, la de una escritora que por causalidad se llamaba como yo, Clare Allan.

Era demasiado tarde para hacer algo: el libro ya estaba en las tiendas. Pensé que lo mejor era no decir nada.

Esa noche fui a una presentación del libro. Cuando terminé se me acercó una mujer con una copia.

"Nacimos el mismo año", me dijo. Y luego comenzó a explicarme la cantidad de cosas que teníamos en común, las cosas que ambas habíamos hecho y demás. Todo sobre la base de una falsa biografía. ¿Qué podía hacer? "Qué increíble", le dije. "Qué coincidencia".

"Somos como mellizas", añadió la mujer.

"Es cierto", mentí. Y así fue como hablamos por un rato de nuestras vidas paralelas.

Todos, sin excepción

Todos mentimos. El que diga que no lo hace está, obviamente, mintiendo. Incluso los animales mienten. No hacen falta palabras para ello.

Yo tenía una perra que para mentir era mejor que cualquiera. En el departamento en el que vivía había sólo dos lugares para sentarse: un sofá duro e incómodo y un sillón mullido y acogedor. Naturalmente, las dos queríamos sentarnos en el mismo lugar, pero sólo había espacio para una.

Cuando yo me sentaba a descansar en el sillón, la perra se levantaba, se dirigía hacia la puerta y me miraba como pidiendo que la deje salir.

Eventualmente me levantaba e iba hacia la puerta mientras la perra esperaba con la cabeza gacha. Pero cuando literalmente ponía mi mano en el picaporte, la perra salía disparada hacia el sillón y para cuando yo llegaba a girar la cabeza, ya estaba acostada encima, con cara de medio dormida.

Los psicólogos estiman que decimos en promedio seis mentiras por día.

Quizás es porque todos mentimos que nos gusta condenar a otra gente que lo hace, de modo que cuanto más nos indignamos por las mentiras de los demás, más honestos nos sentimos nosotros. El filósofo alemán Immanuel Kant creía que mentir siempre estaba mal. Según él, si una asesino golpeaba tu puerta para matar a un amigo que tú sabías que estaba escondido en tu casa, tenías que decirle dónde estaba tu amigo, y no mentir para protegerlo.

Pero ese es un argumento que sólo un filósofo puede defender. Pensemos en la gente que escondió a los judíos en la Europa ocupada por los nazis. Las mentiras que dijeron para protegerlos no sólo no fueron algo negativo sino que debemos considerarlas, sin duda alguna, un gran gesto.

Mala reputación

Por otro lado están las mentiras maliciosas. Las que se dicen para hacerle daño a otra gente.

Yo no defiendo esas, en lo más mínimo. Esas son las que les dan a los mentirosos la mala reputación. Pero entre esos dos extremos hay una gran cantidad de mentiras: esas seis que decimos a diario. Y esas son las que me interesan.

Entonces, ¿qué es una mentira? Bueno, digamos que es el intento deliberado de engañar a alguien diciendo algo que no es verdad. La biografía falsa de mi libro no es una mentira en sí, es más bien un error. Pero cuando conversaba con la mujer sobre nuestra afición común a las palomas, yo estaba mintiendo porque sabía que no era cierto y, por la razón que fuere, decidí seguir con la historia.

Digamos que decir una mentira no es lo mismo que decir que algo no es verdad. ¿Y qué es la verdad? Mucha gente, y en particular los políticos, nos quieren hacer creer que la verdad está implícita en los hechos. Pero a mí me parece que los hechos pueden ser bastante engañosos.

De hecho, creo que es muy posible usar los hechos para confundir a la gente sin necesidad de recurrir a las mentiras.

Tomemos el caso de las estadísticas: todo el mundo sabe que las estadísticas pueden utilizarse para decir prácticamente lo que uno quiera, todo depende que lo que elijas medir y la forma en que presentas los resultados.

Decir que los hechos no contienen en sí mismos la verdad no quiere decir, necesariamente, que la verdad esté escondida en las mentiras.

Pero al menos, éstas, cuando se descubren, pueden quedar en evidencia. Los hechos son, por definición, verdaderos y esto es precisamente lo que los vuelve peligrosos. Porque es evidente que la verdad "incontrovertible" es la mentira más grande de todas.

Y si la verdad puede mentir, ¿no es acaso cierto también que las mentiras pueden estar diciendo muchas verdades?

"El arte es una mentira", dijo Picasso. "El arte es una mentira que nos acerca a la verdad".

No a la verdad literal, por supuesto. Ese no es su objetivo. La ficción no nos acerca a los hechos. La ficción inventa los hechos. Pero al hacerlo, puede acercarnos a la verdad.

Y en un mundo en el que abundan las estadísticas, los manipuladores de las palabras y el culto a la evidencia basada en los hechos, es importante recordar que nada es más verdadero que la imaginación.

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