Ese discreto encanto del fotomatón que no deja de cautivarnos

Fotos tomadas en un fotomatón en las que aparecen Justin Timberlake, Hilary Clinton y Jessica Biel. Derechos de autor de la imagen Instagram
Image caption "Mira quién vino a almorzar... wow", escribió el cantante, actor y productor de música estadounidense Justin Timberlake, tras el evento en el que declaró su apoyo a Hilary Clinton, quien aparece en la foto con él y su esposa, la actriz Jessica Biel.

"Todos sabemos que una fiesta de las Kardashian no está completa sin una cabina fotográfica (fotomatón). Tampoco una de Vanity Fair, para ser honestos".

Así empieza un artículo de esa revista sobre la presencia de una de esas cabinas para tomarse fotos en un almuerzo que la pareja de famosos actores Justin Timberlake y Jessica Biel ofrecieron para la candidata demócrata a la presidencia de Estados Unidos, Hillary Clinton.

Los fotomatones han sido parte de nuestras vidas en mayor o menor grado desde los años 20 del siglo pasado, cuando Anatol Josepho -quien nació en Siberia, Rusia, en 1894- logró recaudar US$11.000 (el equivalente en la época a 5 casas) en Manhattan para crear el prototipo de la máquina que había diseñado mientras estaba en China.

En 1925 patentó el fotomatón, una cabina con una cortina en la que la gente se podía tomar retratos de buena calidad y de forma anónima y automáticamente.

Antes de que aparecieran, la mayoría de los retratos eran hechos en estudios, un lujo que no muchos podían darse. El nuevo proceso, que además era barato, permitió que ese tipo de fotografía fuera accesible para todos.

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Image caption Cuatro poses distintas por 25 centavos de dólar.

El de Josepho no había sido el primer intento, pero sí el que finalmente funcionó bien... y lo hizo millonario.

En cuestión de unos pocos años, podías encontrar fotomatones en los cinco continentes.

Sólo en Estados Unidos ya había más de 30.000 fotomatones en la década de los 40, tremendamente populares con los soldados que, antes de partir a luchar en la Segunda Guerra Mundial, se tomaban fotos para dejárselas a sus seres queridos.

En los años 50, surgió un problema inesperado: algunas personas, sobre todo mujeres, se estaban desnudando frente a la cámara en la relativa privacidad del cubículo. Además, tras las cortinas, las parejas se sentían más libres.

Las tiendas empezaron a recibir quejas y, en respuesta, varias quitaron las cortinas.

Un encanto que no se desvanece

Entre las generaciones anteriores a los milenials, muchos recordamos momentos divertidos.

Por supuesto, eso es gracias a que las imágenes que aparecen en esas tiras evocan momentos de amistad y hasta de amor.

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Image caption No... habrá que tratar de nuevo.

Pero además, así sea para tomarnos la aburrida foto para un documento de identidad, durante los minutos que pasamos adentro, esa cabina a menudo nos obligaba a reírnos de nosotros mismos... la mejor persona de la que nos podemos reír.

Si acudías a un fotomatón con intenciones serias, cerrabas la cortinita, te sentabas en la butaca, borrabas la sonrisa, te ponías el pelo tras las orejas tratando de no dañarte demasiado el peinado, asumías tu pose y esperabas.

Siempre parecían demorarse el tiempo suficiente para que pensaras que habías hecho algo mal y en ese segundo en el que decidías moverte para ver qué pasaba **FLASH** ¡Aaah! ¿Cómo era la pose? **FLASH** ¡No! El peinado **FLASH** ¡Jah, jah... qué le vamos a **FLASH** hacer!

Era inusual que te vieras bien en un retrato de fotomatón, por más experimentado que fueras.

E, incidentalmente, ese era uno de los atractivos para quien fue uno de sus mayores promotores: el artista estadounidense Andy Warhol.

Sus baratas y efectivas cámaras producían fotografías que no mostraban más que lo necesario, imágenes perfectas como base de sus diseños gráficos.

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Image caption Warhol buscaba los rasgos más distintivos de las personas y no distracciones, por lo que la 'honestidad' de los retratos de los fotomatones le atrajo.

En cualquier caso, a pesar de que en nuestros pasaportes apareciéramos con caras macabras, los fotomatones ofrecían un espacio propio en un lugar público en el que, sin un fotógrafo que nos intimidara, podíamos jugar y llevarnos un registro de nuestro secreto.

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Image caption Una cara para cada ocasión.

No obstante, es más que todo ese momento de diversión con amigos o de amor con, eh, amantes, lo que salvó a la entrañable cabina de ser confinada a la historia de los nostálgicos.

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Image caption Difícil renunciar a la diversión.

La tecnología digital trajo la fotografía sin límites, pero el encanto de esa escala humana que ofrece el fotomatón no ha dejado de cautivar.

Es cierto que su función cambió y que ahora no es tan común encontrarlos en cada estación de metro, supermercado, farmacia o centro comercial, particularmente los viejos aparatos analógicos.

Pero el fotomatón no ha dejado de reformarse tecnológicamente desde su creación y cuando le llegó la fecha de caducidad, desempolvado y digital,se mudó a salones de fiestas de grandes y chicos, en los que se forman filas para pasar unos minutos frente a la lente de su cámara, incluso cuando se trata de eventos repletos de celebridades y paparazzi.

Las pesadas cabinas son ahora portátiles, imprimen las fotos en segundos y, en esta encarnación, vienen con accesorios y decorados para despertar desde el lado infantil hasta el más sofisticado de quienes entran en el reducido espacio.

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Image caption Siempre es un buen momento para alejarse del mundo, ponerse collares coloridos y hacer muecas.

Las compañías que los arriendan reportan crecimiento sostenido; en el medio se habla de innovaciones como fotografías en 3D y filmaciones, y ya hay modelos que permiten la conexión con las redes sociales.

Y algunos de las antiguas cabinas que solían estar en las tiendas están siendo preservadas.

Fred Aldous, un vendedor de materiales de arte y artesanía de Manchester, Inglaterra, tiene dos.

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Image caption Hay un movimiento para preservar los fotomatones antiguos.

Uno de ellos es un Photo-Me Modelo 17 blanco y negro de 1968. Fue fabricado en Reino Unido y pasó la mayor parte de su vida en una tienda Woolworth en Canadá.

El otro es un Photo-Me Modelo 17C color de 1986. Se piensa que es el único fotomatón análogo a color que queda en toda Europa occidental.

Paul Walker, el director administrativo del negocio, dice que nunca esperó que fuera a ser tan popular.

"Es una de las mejores cosas que hemos traído a la tienda. Es un verdadero portador de alegría; a la gente le fascina".

Tras lograr tanto éxito y longevidad por ser una tecnología que puso al alcance de las masas lo que hasta entonces era privilegio de los más acomodados, los avances tecnológicos hicieron que los fotomatones dejaran de ser necesarios, así como estos, en su momento, hicieron innecesarios los estudios de fotografía para retratarse.

Ahora, son una diversión y, como han sido descritos, una mezcla de tecnología, arte y narcisismo de antigua usanza.

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