El titánico examen chino que introdujo la meritocracia en Occidente

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Image caption Para que nadie tuviera corona.

No siempre se cumple al pie de la letra y, para ser honestos, las influencias aún cuentan en muchos casos. Pero cuando se trata de contratar gente para un trabajo, el ideal es encontrar a la persona con las mejores cualificaciones y habilidades para llevar a cabo la tarea.

No obstante, hubo un tiempo en el que esa no era la idea dominante: lo que importaba, en muchos casos, era a quién conocías o de quién eras pariente.

Eso no era tan cuestionable si eras el hijo de un carpintero y habías aprendido el oficio con tu padre, o si eras aprendiz de relojero, ayudante de cocina... tareas en las que quien te recomendaba era alguien que te había entrenado.

Pero en otras esferas, particularmente las más altas, sí era muy problemático.

Entre 1840 y 1859, Charles Trevelyan fue el secretario permanente del Tesoro del que todavía era el Imperio británico.

Le horrorizaban los personajes que conseguían empleo en la administración pública a pesar de no tener las capacidades necesarias. Alguna vez describió a un colega como un "caballero que realmente no sabe leer ni escribir, prácticamente un idiota".

Por suerte, con la expansión del Imperio Británico, los encuentros con otras culturas traían conocimientos e ideas de otras partes del mundo sobre cómo podrían hacer mejor las cosas.

Y para beneplácito de Trevelyan, China tenía un remedio para su dolor de cabeza.

El ejemplo del Lejano Oriente

Image caption El examen imperial de China inspiró a los británicos.

Desde el siglo VII, quienes querían trabajar en el servicio imperial en China tenían que demostrar que estaban a la altura de sus aspiraciones.

Para ello, los chinos habían desarrollado un sistema muy exigente de exámenes que los candidatos tenían que aprobar antes de ser siquiera considerados.

Se llamaban "exámenes imperiales" y eran el método más rápido de ascenso social para las clases cultas.

Eran una serie de pruebas que empezaban al amanecer y no terminaban antes del ocaso.

Uno de los requisitos indispensables era memorizar 400.000 caracteres de texto confuciano y dominar el extremadamente rígido "ensayo de ocho partes".

Se trataba de una composición con una forma y estructura particular que explicara ideas de los "Cuatro Libros": Gran Saber, Doctrina y Significado, Analectas y Mencio. Además de los "Cinco Clásicos": Clásicos de la Poesía, Libro de Documentos, Libro de Cambios, Libro de Ritos y los Anales de Primavera y Otoño.

Primero debían escribir dos oraciones sobre la idea principal del título, que "aclararan el tema".

Luego varias frases para aclarar el significado del del tema. Después venía el paralelismo y antítesis.

Los exámenes también contenían algunas preguntas sobre asuntos más prácticos, como impuestos y el arte de gobernar.

El grado más alto que se podía alcanzar era el de graduado de Palacio.

¿Cuántos aprobaban? Entre 1% y 2%.

Los británicos quedaron muy impresionados y algunos pensaron que los exámenes les permitirían manejar mejor el imperio, entre ellos Trevelyan.

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Image caption El examen cambió a principios del siglo XX pero se sigue haciendo y no hay escases de candidatos: cientos de miles se presentan aspirando ser contratados para unos pocos puestos.

Por mérito

En 1853, tras años de fastidiar al gobierno con su proyecto, a Trevelyan por fin le llegó el momento de que lo escucharan.

William Gladstone, recién nombrado ministro de Hacienda, le pidió que redactara una propuesta de unas 20 páginas.

En ella, Trevelyan describió la mediocridad e ineficiencia de la administración pública.

Su propuesta hablaba de un sistema adecuado con un examen previo a la contratación: "dominio de la historia, jurisprudencia, economía política, lenguaje moderno, geografía política y física... además de los elementos básicos de los clásicos y las matemáticas".

La propuesta, conocida como el Informe Northcote-Trevelyan, no fue aceptada inmediatamente.

Pero cuando lo fue, logró cambiar el sistema de patronato a uno de meritocracia, donde se seleccionaba a los jóvenes para la administración pública en base a su brillantez académica.

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Image caption Entre la propuesta y su aceptación se interpuso la Guerra de Crimea, además de la polémica que suscitó la idea.

No tan rápido

Trevelyan y Gladstone creían que el éxito académico garantizaba honestidad y diligencia, las cualidades de un buen estudiante.

Pero muchos de sus oponentes alegaban que no era una prueba verdadera de carácter y que cualquier fulano que fuera bueno en matemáticas iba a poder trabajar con tratados secretos.

Señalaban que la ventaja del sistema de patronato era que, al menos en teoría, se podía confiar en los sobrinos de los amigos.

Además, el patronato era un modo de consolidar el poder político: después de todo, darle trabajo a hijos y sobrinos de los conocidos, a menudo se traduce en votos.

Gladstone trató de calmar los ánimos asegurando que las reformas no significaban que cualquier ignorante conseguiría trabajo y que la clase gobernante estaba a salvo.

"Una de las grandes ventajas que veo del cambio... será su tendencia a fortalecer y multiplicar los lazos entre las clases altas y la posesión del poder administrativo", apuntó. "Tengo una fuerte convicción de que la aristocracia de este país es superior en sus dones naturales que el promedio de la masa".

Finalmente

La decisión de implementar el nuevo sistema, sin embargo, no se tomó sino hasta 17 años después de la redacción de la propuesta.

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Image caption Ya no era suficiente tener buenas conexiones.

En 1870, sus recomendaciones finalmente empezaron a ponerse en práctica, sentando las bases de la administración pública moderna en Reino Unido.

Trevelyan se salió con la suya.

Había exámenes para todo: ligeramente más fáciles para los "roles inferiores" y más duros para los "superiores" encargados de la formulación de políticas.

Y así se ha mantenido.

La práctica además se extendió a otras esferas y culturas.

Hoy en día no nos sorprende que nos hagan exámenes o entrevistas para conseguir empleo.

Aunque eso no quiere decir que el nepotismo no siga vivo...

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