Las lecciones que el fuego nos ha dado pero que nos negamos a aprender

Una imagen de la devastación que causó El Gran Incendio de 1910, que arrasó con los bosques del norte de Idaho, en EE.UU. Derechos de autor de la imagen Forest History Society, Durham, NC
Image caption El Gran Incendio de 1910 arrasó con los bosques del norte de Idaho, en EE.UU.

"Los cañones parecían actuar como chimeneas, a través de las cuales el viento y el fuego arrasaban con el rugido de 1.000 trenes de carga. El humo y el calor se volvieron tan intensos que era difícil respirar".

"A los hombres que estábamos en esas montañas nos parecía que el mundo entero estaba en llamas. Muchos pensaron que realmente era el fin del mundo".

El guardabosques estadounidense Ed Pulaski quedó atrapado justo en medio de lo que se conocería como la "Gran Explosión", también llamado El Gran Incendio de 1910en Estados Unidos.

Pulaski se dio cuenta de que su tarea ya no era salvar los bosques del norte del estado de Idaho, sino proteger a los bomberos.

"Los árboles se caían a nuestro alrededor", relató. "Y era casi imposible ver a través de la oscuridad humeante. Si no hubiera sido por mi familiaridad con los senderos de las montañas nunca hubiéramos salido con vida, ya que estábamos completamente rodeados por el furioso fuego.

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Image caption Ed Pulaski y su equipo de bomberos se refugiaron del fuego en una mina en desuso.

"Mi única esperanza era llegar hasta el túnel de una mina vieja que sabía que no estaba lejos de nosotros. Llegamos a la mina justo a tiempo".

Pulaski se desmayó. Antes, cuando el fuego se acercaba, le había dicho a su esposa, Emma, dónde refugiarse con su hija de 10 años, Elsie, y le advirtió que quizás no regresaría.

A la mañana siguiente no podía ver y tenía las manos quemadas. Pero estaba vivo, y también lo estaban todos menos cinco de sus hombres.

La Gran Explosión mató a 86 personas y consumió una cantidad de madera que hubiera alcanzando para construir 800.000 casas.

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Image caption Elogiado universalmente por haber salvado a sus hombres, Ed Pulaski permaneció en el Servicio Forestal de EE.UU. hasta 1929.

El siniestro también marcó a fuego la conciencia nacional y el Servicio Forestal de EE.UU. prometió sofocar todos los incendios forestales lo más rápido posible.

Aunque es comprensible por qué se hizo, se trata de una promesa imprudente. Y es que, aunque el fuego es aterrador, también es fundamental para la economía moderna.

Un tiempo sin fuego

Durante el primer 90% de la historia de la Tierra, no hubo fuego de ningún tipo.

Hubo erupciones volcánicas, pero la roca fundida no está en llamas, porque el fuego es una reacción química: el proceso de la combustión.

Es la vida la que crea tanto el oxígeno como el combustible que se necesita para generarlo.

La evidencia fósil sugiere que las plantas inflamables evolucionaron hace unos 400 millones de años, y periódicamente se quemaron, en parte debido a esos volcanes, pero principalmente debido a los rayos.

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Image caption Los rayos impactan sobre la Tierra alrededor de 8 millones de veces por día.

En los últimos años, las observaciones satelitales nos han demostrado cuán sorprendentemente comunes son los rayos: hay alrededor de ocho millones de impactos por día.

Todavía son responsables de más incendios forestales que las barbacoas realizadas en lugares donde se recomienda no hacerlas o las colillas de cigarrillos descartadas descuidadamente.

El fuego les dio forma a los paisajes y, con ello, a la evolución. Permitió la propagación de pastizales hace unos 30 millones de años. Sin el fuego, se hubieran convertido en matorrales o bosques.

Y se cree que los pastizales jugaron un papel en la aparición de los homínidos, de quienes evolucionamos nosotros.

Sin metal, vidrio, plástico...

Intenta imaginar la economía antes de que nuestros antepasados empezaran a usar el fuego.

Puedes comenzar por descartar cualquier producto hecho con metal, o usando herramientas de metal.

El metal comenzó su vida en un horno. Lo mismo ocurre con el vidrio.

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Image caption Sin fuego no habría objetos hechos de metal ni vidrio.

Ahora, olvida cualquier cosa que implique la quema de combustibles fósiles para el transporte o la electricidad; o que utilice materiales hechos con el calor del fuego —como el plástico—, o las plantas cultivadas con fertilizantes artificiales, creadas a través del proceso Haber-Bosch (la reacción de nitrógeno e hidrógeno gaseosos para producir amoníaco).

Piensa en un mundo sin ladrillos ni cerámica, porque se cuecen en un horno.

No queda mucho. ¿Alimentos crudos, orgánicos, cortados con una piedra afilada?

A eso difícilmente le podemos llamar una "economía".

Tema de debate

Exactamente cuándo y cómo nuestros antepasados aprendieron a controlar el fuego es tema de debate.

Los chimpancés parecen entender bastante bien cómo se extienden los incendios forestales.

Y hay otras especies que están alerta a las oportunidades de caza que el fuego ofrece.

Incluso se ha visto a algunas aves rapaces recogiendo palos en llamas, arrojándolos para iniciar un nuevo fuego y atacando a las criaturas que luego escapan del incendio.

Parece probable que nuestros antepasados también aprovecharan los incendios forestales durante cientos de miles de años antes de descubrir cómo generar chispas usando sílex.

Quizás mantuvieron vivos los fuegos agregando estiércol animal, de combustión lenta.

El primatólogo Richard Wrangham sostiene que como la comida cocinada proporciona más energía, permitió a los humanos desarrollar cerebros más grandes.

En tanto, el arqueólogo John Gowlett vincula el fuego con la hipótesis del "cerebro social": la idea de que desarrollamos cerebros más grandes para navegar las crecientes presiones sociales.

Según él, las tardes alrededor del fuego habrían dado a nuestros antepasados más tiempo para socializar.

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Image caption El fuego permitió la socialización, lo que tuvo un impacto importante en nuestro desarrollo.

Fuego confinado

Más allá de cuán ciertas sean esas especulaciones, el desarrollo económico nos ha llevado a confinar el fuego en varias cámaras especiales, desde plantas industriales hasta motores de combustión interna y el horno de gas en tu cocina.

El historiador Stephen Pyne llama a esto la "transición pírica".

Y donde esto aún no ha sucedido, hay problemas: en los países en desarrollo, millones de muertes están relacionadas con la contaminación del aire causada por el uso de fuego dentro de los hogares, para cocinar.

Pero Pyne argumenta que esta transición aumentó nuestro miedo a los incendios forestales.

Y con el cambio climático seguramente veremos más de esos incendios.

Si bien las observaciones satelitales nos ayudan a comprenderlos, los patrones cambiantes del clima y la vegetación los hacen más difíciles de predecir.

Mala idea

Se tardó medio siglo después de la heroicidad de Pulaski para que hubiera un consenso de que la extinción rápida de incendios forestales no es una gran idea.

El problema es que eventualmente habrá un incendio que no podrás controlar, y ese fuego será más devastador, porque quemará toda la madera muerta que los pequeños incendios habrían eliminado si no hubiera habido tanto apuro para apagarlos.

Y mientras tanto, nos estamos poniendo complacientes: construimos cada vez más áreas silvestres o cerca de ellas, donde los incendios estallaran tarde o temprano.

Si los expertos aconsejaran dejar que esos incendios se apaguen solos, puedes apostar a que las personas que viven cerca no estarían muy de acuerdo.

Como Andrew Scott argumenta en su libro Burning Planet (Planeta en llamas): "Nuestra creciente comprensión científica del fuego en los últimos años no se ha traducido en una mayor conciencia pública".

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Image caption Los incendios en el norte de California, en noviembre de 2018, que destruyeron la ciudad de Paradise.

Algunos economistas piensan que existe un paralelismo entre manejar incendios forestales y lidiar con algunas crisis provocadas en su totalidad por el humano.

La teoría es que mejorar el manejo de problemas pequeños crea una sensación de seguridad cada vez mayor, lo que paradójicamente aumenta el riesgo de problemas mucho mayores.

Tomemos como ejemplo la crisis financiera de 2007-2008, el mayor "incendio" económico de nuestros tiempos.

En su libro Foolproof ("A prueba de tontos"), el principal comentarista financiero del diario Wall Street Journal, Greg Ip, afirma que los responsables de las políticas financieras se habían vuelto tan buenos para extinguir crisis menores que las personas se volvieron demasiado confiadas y tomaron riesgos tontos, como apostar su casa con hipotecas de alto riesgo.

Fue precisamente el éxito en la mitigación del riesgo previo lo que condujo a la desgracia posterior.

"Nuestros esfuerzos por hacer la vida más segura entran en conflicto con un deseo igualmente incontenible de hacer las cosas más grandes y más complicadas", escribió.

"A medida que nuestras ciudades, sistemas de transporte y mercados financieros se vuelven más interconectados y complejos, también lo hacen las oportunidades para desastres".

"La prevención exitosa de un tipo de riesgo puede simplemente canalizarlo a otro lugar, para resurgir, como una bacteria mutada, de una manera más virulenta".

Y cuando apareció una crisis financiera que no pudo ser eliminada, esas malas decisiones alimentaron una conflagración global que se extendió como un incendio forestal.

Tim Harford escribe la columna "Economista clandestino" en el diario británico Financial Times. El Servicio Mundial de la BBC transmite la serie 50 Things That Made the Modern Economy. Puedes encontrar más información sobre las fuentes del programa y escuchar todos los episodios o suscribirte al podcast de la serie.

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