La madre que busca a su hijo bajo 18 toneladas de escombros desde hace 15 años

Mujer sentada en un sofá azul con la pierna derecha cubierta de vendajes. Derechos de autor de la imagen BBC Mundo
Image caption Rubiela Tejada continúa en la búsqueda de su hijo John Alexander, quien desapareció en 2002.

Cuando Rubiela Tejada piensa en su hijo desaparecido; piensa a la vez en una montaña de escombros y en la estridencia de una retroexcavadora arañando la tierra.

"Si me toca, me pongo a excavar yo misma, con mis manos".

Para llegar a la casa de Rubiela hay que colgarse en carro de las montañas del nororiente de Medellín, la segunda ciudad de Colombia, para arribar 30 minutos después casi a la cima, al barrio Bello Oriente.

Su hogar es una construcción de ladrillo sin revoque, un salón pequeño y unos muebles avejentados, pero con un orden y una simetría tales que los girasoles artificiales que adornan la sala de tan bien puestos parecen vivos y los cuadros con imágenes de sus hijos, milimétricamente alineados sobre la mesa, tienen el vidrio lustrado, reluciente.

Las fechas que aparecen sobre las fotos también guardan una extraña simetría.

John Alexander desapareció el 21 de agosto de 2002 en la Comuna 13.

Jonathan fue asesinado el 21 de agosto de 2011 cuando volvía de trabajar a su casa en la Comuna 13.

Y Rubiela lleva luchando 15 años para desenterrar a su hijo de donde cree que se lo llevaron: una columna de 18 toneladas de basuras y escombros.

Camino al barrio

La Comuna 13 es un enorme conglomerado de barrios en el oeste de Medellín que, desde 1995 y por más de una década, fue el epicentro de extensas batallas urbanas entre las milicias armadas de la guerrilla y los comandos paramilitares de extrema derecha por el control de las zonas más populares de la ciudad.

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Image caption Se estima que en La Escombrera hay enterradas 92 personas.

Según la alcaldía, se estima que unas 2.000 personas murieron en medio de las confrontaciones, pero nadie conoce a ciencia cierta el número de desaparecidos. Uno de ellos es el hijo de Rubiela.

"Ese día estábamos comiendo con mis niños que estaban recién llegados de la escuela, yo me levanté a la cocina y unos hombres con la cara tapada entraron a la casa y se lo llevaron mientras yo le llenaba el plato. Tenía 17 años. Yo no pude hacer nada", relata.

Cuando salió a la calle para ver qué pasaba, era como si el mundo se hubiera acabado: no había nadie.

"Y esta es la hora que no, ni vivo ni muerto ha regresado", dice mientras aspira la última porción de un cigarrillo. Rubiela está operada de la rodilla izquierda que está toda amoratada. Apenas puede moverse y por eso elige quedarse en su balcón de barandilla y suelo sin alisar.

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Y fuma. "Será lo único que no me podrán quitar".

Desde este balcón improvisado sobre cemento y escaleras puede ver a lo lejos los débiles destellos de luz que le llegan del barrio donde perdió a sus dos hijos y del que fue desterrada por la violencia. En la montaña de enfrente está la Comuna 13.

Después de que su hijo se desvaneció aquella tarde agosto, Rubiela decidió quedarse a luchar para encontrarlo junto a otras madres que también buscaban a los suyos.

Pero nueve años después, a su hijo Jonathan lo bajaron de la buseta cuando regresaba de su trabajo en la construcción, lo llevaron a un descampado y le metieron tres tiros.

"Después vinieron a decirme que me tenía que ir del barrio sino me quería quedar sin muchachitos", se lamenta mientras muestra una foto de Andrés, su tercer hijo, el menor. El sobreviviente.

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Image caption Las comandos paramilitares se convirtieron en una autoridad paralela dentro de la Comuna 13.

Pero el exilio no significó el final de su búsqueda.

La Escombrera

En octubre de 2002, sólo dos meses después de la desaparición de John Alexander, una operación de las fuerzas armadas colombianas, llamada Orión, militarizó cada esquina de la Comuna 13 con la idea de retomar y restablecer el orden.

Sin embargo, aún después de finalizar la operación, el caos no cesó. Las calles empinadas de los barrios fueron tomadas por una fuerza aún más sombría: los bloques de autodefensas urbanos y paramilitares que comenzaron a ejercer el control.

Y esta es la hora que no, ni vivo ni muerto ha regresado

Rubiela Tejada, madre de desaparecido

Fue entonces que comenzó a hablarse de La Escombrera. Y de los desaparecidos.

"La Escombrera es un botadero de residuos de construcción donde se sospecha que hay enterradas al menos 92 personas, la mayoría de ellas víctimas de los bloques paramilitares que existieron en esta zona", explica a BBC Mundo John Freddy Ramírez, antropólogo forense y representante de la fiscalía. "Y está ubicada en la parte alta de la Comuna 13".

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Image caption John Fredy Ramírez señala el lugar donde se realizó la excavación en La Escombrera entre junio y diciembre de 2015.

Allí, cree -teme- Rubiela, cigarrillo en mano y desde el otro lado de la ciudad, están los restos de su hijo. Y tal vez los de un centenar de otros desaparecidos.

Por esa razón, durante casi 15 años ella y otros familiares lucharon para que el Estado comenzara a extraer casi un millón y medio de metros cúbicos de tierra ubicados en una superficie montañosa de casi 18.000 metros cuadrados. Para saber de una buena vez si los restos aparecen bajo las rocas.

LA ESCOMBRERA

¿La mayor fosa común del mundo?

3.700

metros cuadrados es la extensión de lo excavado hasta ahora.

  • 24.000 metros cúbicos de tierra fueron extraídos durante la primera fase.

  • 92 personas se estiman que están enterradas en este lugar.

  • US$492.000 fue el costo de los primeros seis meses de excavación.

"Creemos que están en ese sitio preciso porque era el lugar para donde se los llevaban, era el rumor de todo el barrio. Los paramilitares se quedaron con el control de nuestras calles. Como sabían que nosotros no subíamos por allá, entonces nos embolataron los hijos entre esos escombros. Yo sólo pido que nos digan dónde están".

De acuerdo a varios relatos de desmovilizados que participaron tanto en la operación Orión como en otras acciones de los meses posteriores, varios jóvenes fueron retenidos, llevados a La Escombrera, ejecutados y luego enterrados.

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Image caption La Comuna 13 fue el eje del conflicto urbano entre las milicias de la guerrilla y los comandos paramilitares por el control de Medellín.

"La teoría es que los desmembraron con la idea de hacer huecos pequeños en la tierra y así fuera más difícil hallarlos. El modus operandi de hacer desaparecer el cuerpo no era para producir terror, era una manera de quitar toda evidencia y así evitar el castigo", explica Ramírez.

A mediados de 2014, Juan Carlos Villa Saldarriaga, alias Móvil 8 y ex comandante preso de uno de los bloques paramilitares que operaron en la zona, pareció escuchar las plegarias maternales y se dejó tentar por una oferta de reducción de su condena.

Recorrió La Escombrera junto a los fiscales del caso, señalando tres lugares donde él mismo dijo haber dado la orden de enterrar a varias personas ejecutadas por sus hombres en los días de la Operación Orión.

Con ese testimonio, la Alcaldía de Medellín y la Fiscalía decidieron que había que excavar.

La montaña artificial

John Freddy Ramírez, alto y esbelto bajo su sombrero panamá, lleva meses caminando sobre las piedras desparejas de la montaña, al rayo del sol y entre la polvareda que levanta la tierra seca cuando la remueven en busca de huesos.

Lo acompaña su perro, un pastor belga entrenado para olfatear huesos bajo la tierra y apropiadamente bautizado Bones (huesos, en inglés).

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Image caption Una de las integrantes de Mujeres Caminando Por La Verdad.

"Acá no vinimos por obra y gracia, vinimos porque le dimos credibilidad a Móvil 8. ¿Ven allá? Todo eso se sacó para hacer este hueco, con taludes a los lados para evitar que se desmoronara", dice el antropólogo, y sacude en la mano que señala una pulsera de calaveras. Se la regalaron sus alumnos y la lleva puesta a diario, quizá un recordatorio de la misión que tiene delante.

Frente a esta colina de piedra cubierta de motas de arbustos que llaman La Escombrera impresiona la dimensión de los residuos acumulados, todos los que llegan de las obras de construcción de la ciudad pujante que se asienta en el fondo del valle.

¿Cómo quedaría la humanidad de John Alexander bajo toneladas de concreto, columnas de hormigón, ramallos de acero acumulados allí durante años?

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Image caption Se estima que el conflicto urbano en la Comuna 13 de Medellín dejó al menos 2.000 muertos.

"Yo no creo que sea posible hallar nada ahí", le dice a BBC Mundo el ingeniero civil Carlos Santiago Gutiérrez, que por oficio conoce el terreno:"Durante los últimos diez años, todos los días han llegado a ese lugar volquetas y volquetas llenas no de tierra, sino de pedazos de piedra y concreto".

La fosa más grande

La extensión y la profundidad son dos variables básicas de la antropología forense a la hora de excavar en una zona donde se presume hay cuerpos enterrados y en este caso ambas eran gigantescas.

3.700 metros cuadrados de extensión y 24.000 metros cúbicos de tierra extraídos sólo en el primero de los tres polígono de excavación eran cifras que nunca se habían manejado en la antropología forense colombiana: todo se limitaba a volúmenes de tierra que se pueden llevar en una carretilla.

Ramírez, el técnico encargado de la Fiscalía para desentrañar la incógnita, descifró después de varias consultas con colegas de otros países que la única forma de sacar toda esa tierra no era con las herramientas de siempre -palas, picas y brochas- sino con algo más extremo.

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Image caption Se estima que en la Comuna 13 viven unas 140.000 personas.

"Decidimos utilizar una retroexcavadora. Era la forma más segura de sacar la tierra de forma efectiva y sin dañar los posibles restos que estuvieran allí".

Durante 155 días entre junio y diciembre de 2015, Rubiela -junto a sus compañeras de "Mujeres caminando por la verdad"- escuchó el bramido de aquella máquina y vio las articulaciones del brazo mecánico flexionarse entre chirridos para sacar miles de toneladas de rocas de granito y arena que podrían contener algún fragmento de John Alexander.

"Parecían miles de años sacando esa tierra. Y cada palada que salía era una esperanza para nosotras", relata.

Si me toca, me pongo a excavar yo misma, con mis manos"

Rubiela Tejada

Además de luchar contra la ansiedad de la espera, tuvieron que lidiar con la novedad del método: apenas les dijeron que iban a sacar la tierra con una máquina destinada a la construcción de edificios, muchas de ellas se alarmaron de que el poderoso armatoste despedazase los restos óseos.

"Es que esta no es una excavación de arqueología tradicional. No podíamos hacerlo a mano cuando hay residuos que pesan cien kilos, desde mallas viales a postes de luz. Hubo que concientizar a las víctimas de que una máquina pesada no era sinónimo de dañar los cuerpos", repite Ramírez.

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Image caption El proceso de intervención en La Escombrera se realizó con una retroexcavadora.

Y la explicación es la de un profesor experto: abre las manos, extiende los brazos emulando la retroexcavadora y reproduce el sonido que atormentó y alimentó a la vez la esperanza de las madres.

"La máquina penetra en el suelo como un mordisco, como si fuera tamizando la tierra, no rompe lo que se encuentra al paso. Y lo saca para que nosotros lo analicemos".

Fósiles de pescado

En la ladera de la montaña, se abre un hueco en la tierra blanca, quince metros de fondo y bordes reforzados por taludes para evitar derrumbes. Es un cráter abierto, como si fuera un volcán sin lava. Tiene el tamaño de once piscinas de natación olímpicas y es sólo el primero de los sectores de La Escombrera delimitados para excavar.

La "fosa común urbana más grande del mundo", midieron y calcularon los medios de comunicación.

"Aunque técnicamente eso no es así porque no hay cuerpos. Pero sí es la prospección arqueológica (zona de excavación) urbana más grande y sin precedentes en el mundo", apunta Ramírez.

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Image caption Rubiela Tejada tuvo que exiliarse de su casa en la Comuna 13 por amenazas de muerte.

Para que sea fosa, hace falta hallar restos humanos. Los buscaron durante cinco meses. No encontraron nada.

La retroexcavadora sacó pedazos de alcantarillas, hileras de andenes, bolsas de leche con fechas de vencimiento de 1997, extractos de huesos de pollos, perros callejeros, peces fosilizados en bloques de yeso.

No podíamos hacerlo a mano cuando hay residuos como mallas viales o postes de luz. Hubo que decirle a las víctimas de que una máquina pesada no era sinónimo de dañar los cuerpos

John Fredy Ramírez, Forense colombiano

"Encontramos hasta el pase de conducir de un señor que se le había perdido después de vender una casa. La casa la demolieron y los escombros llegaron aquí. Fuimos y se lo devolvimos".

Hacia mediados de diciembre de 2015, la máquina llegó a una profundidad donde era evidente que no había escombros mezclados con tierra: era ya el suelo original de la montaña.

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Image caption Ramírez juega con su perro "Bones".

La excavación forense en ese sitio había terminado.

La búsqueda no acaba

"Teníamos mucha esperanza, pero el día que pararon se nos bajó la moral a todas. Fue mucho dolor que excavaron hasta último momento y no encontraron nada", recuerda Rubiela, mientras mira el suelo y llora.

El costo de la operación alcanzó los US$490.000 y los críticos de la búsqueda de los restos reclamaron que se pusiera fin a una labor sin resultados. Que el lugar se convirtiera en un lugar de memoria y se dejaran de buscar desaparecidos en los otros dos sectores señalados por Móvil 8 dentro de la misma Escombrera.

Pero eso no lo aceptan ni Ramírez ni Rubiela.

"El Estado tiene la misión de buscar esos cuerpos, porque si esto se convierte en un camposanto o en un lugar para la memoria, ¿dónde queda la reparación? Si aquí están esos cuerpos, tenemos que excavar, porque la única forma en que las familias puedan cerrar este capítulo tan triste es con los huesos de sus seres queridos", respondió Ramírez.

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Image caption En las últimas semanas se determinó continuar con las excavaciones en La Escombrera, sin embargo no se ha definido ninguna fecha.

Rubiela enciende otro cigarrillo. El tejado de zinc que cubre su casa estalla con el aguacero que se precipita sobre la ciudad. "Es que estamos en la sucursal del cielo, de tan alto que queda esto", dice y sonríe, se seca las lágrimas, aspira el humo, llora de nuevo.

Se agacha y toma una bolsa blanca que guarda debajo de la mesa del comedor.

"Al menos tengo las cenizas de Jonathan acá -mueve la bolsa-. De mi hijo asesinado, que sí lo pude llorar. Pero a John Alexander, ni eso. Es muy dura la sensación de no saber si está vivo ni muerto. Tengo noches que las pasó en vela esperando alguna novedad. Que aparezca por esa puerta o me llame. Pero ni la llamada... ni llega... ni va a llegar".

Su reclamo, junto al de otras madres, es que el gobierno siga buscando hasta darles una respuesta.

"Que no me den plata, que me digan la verdad y no nos dejen esperando. Para qué tener el estómago lleno, si el corazón está vacío, ah, ¿para qué?".

Una nueva espera, ella no lo sabe al momento de esta entrevista, está por comenzar: en junio, la Fiscalía colombiana anunció que continuará la excavación en La Escombrera, al menos en los dos polígonos que señaló el ex comandante paramilitar.

"¿Si no encontramos en el primero, qué probabilidades hay de hallar huesos en los otros? Pocas. ¿Vale la pena seguir excavando? Claro que sí. Vale la pena y hay que seguir, porque el Estado ha estado ausente cuando esta gente quería respuestas. Ahora estamos aquí y hay que seguir hasta poder decirles dónde están sus seres queridos que han faltado por tantos años".

*Esta es la cuarta entrega sobre una serie sobre el trabajo de los antropólogos forenses en América Latina.

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