La lucha en Ecuador por salvar "los pulmones del mundo"

Image caption El río Napo es uno de los afluentes directos del río Amazonas.

En la luz del amanecer, el río Napo -que corre con rapidez desde su fuente en las alturas de los Andes- se arremolina poderosamente al paso de nuestra embarcación.

De repente, una nube densa de loros verdes desciende en picada desde la selva y, al compás de la bulla que produce su carreteo, recoge agua de la ribera enlodada.

Este barro rico en minerales pesados -los loros parecen saberlo- es un antídoto a las toxinas presentes en las semillas de la selva, que son un ingrediente esencial de su dieta diaria.

En el momento perfecto, justo cuando los primeros rayos de luz rozan el agua a las 07:30 hora local, vuelven a tomar vuelo y desaparecen, poniéndole así punto final a uno de los espectáculos más maravillosos de la Amazonía ecuatoriana.

Navegamos en las márgenes del Parque Nacional Yasuní, que tiene más especies de plantas en su millón de hectáreas de pantanos y selva que toda América del Norte.

El tití pigmeo -el mono más pequeño del mundo-, osos perezosos y nutrias gigantes hacen parte de las muchas especies amenazadas cuyo hogar es este parque.

También hay unos 300 miembros de la última tribu nómada de cazadores y recolectores del mundo, que escogieron vivir totalmente aislados como lo han hecho por miles de años.

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Misión para recoger fondos

Derechos de autor de la imagen Haslam
Image caption Algunas especies de guacamayas están en peligro de extinción.

Es una sensación extraña pensar que unos seres humanos que no tienen un concepto de la vida moderna puedan estar mirándonos de cerca desde la selva impenetrable.

En Quito, la capital de Ecuador, me encontré con Yvonne Baki, la enviada especial del gobierno que ahora lidera la misión para recolectar fondos que ayuden a salvar la selva de las perforaciones petrolíferas.

¿No resulta extraño esperar que la comunidad global les pague a los ecuatorianos para que no saqueen uno de sus bienes naturales más valiosos? Eso le pregunté a Baki.

"Yasuní y la Amazonía son los pulmones del mundo", me dijo.

"El fondo será usado para financiar la reforestación, desarrollar nuevas fuentes de energía alternativa y otros programas estratégicos de desarrollo sostenible".

"Ahora está abierto a todas las personas del mundo, desde individuos privados hasta corporaciones, así como gobiernos nacionales. No somos un país rico y, sin embargo, en un solo día acá logramos recaudar US$3 millones -la mayoría proveniente de personas comunes y corrientes".

"Esto es un proyecto único. ¿A qué otro país se le ocurre dejar su riqueza petrolífera en el suelo?", continuó Baki.

Y, sin embargo, a Yasuní se le sigue agotando el tiempo.

El gobierno pidió inicialmente que debían ser donados US$100 millones hasta el final de 2011. En caso contrario se le daría la luz verde a las perforaciones.

Esa fecha límite se postergó, pero Roque Sevilla, un expolítico y conservacionista que fue el primer director del proyecto Yasuní Ishpingo Tambococha Tiputini (ITT), piensa que el mundo no está preparado todavía para un concepto tan innovador.

Contribuciones monetarias

"Se puede alcanzar perfectamente si les damos suficiente tiempo a los países industrializados para que entiendan los grandes avances en política ambiental internacional que representa el proyecto ITT", dice Sevilla.

"Nosotros, en Ecuador, también tenemos que entender que con las ricas fuentes alternativas de energía que tenemos, desde la que se produce en las hidroeléctricas hasta la energía solar, podremos utilizar mucho menos petróleo", concluye.

Unas pequeñas cajas amarillas para que los donantes depositen su contribución ya están instaladas en algunas oficinas postales y edificios gubernamentales de Ecuador. Marco Toscano, un amigo que me llevó al aeropuerto de Quito para que tomara el avión con destino a la selva, me dijo que pasaría en su regreso a casa para depositar US$100 en el fondo.

"Muchas personas en Ecuador no tienen idea de la importancia del Yasuní. Ahora muchos estamos convencidos de que tenemos que ayudar como podamos", señaló.

En Puerto Francisco de Orellana, una ciudad que también se conoce como El Coca y que queda en la confluencia del río Coca y el río Napo, me encuentro con Eduardo Pichilingüe, quien trabaja monitoreando las tribus aisladas de Yasuní.

"Hay áreas de la Amazonía ecuatoriana que ya han sido arruinadas por la explotación petrolífera", dice, mientras entro a mi canoa.

"El fondo ITT salvará la biodiversidad, a las comunidades tribales aisladas, e impedirá que millones de toneladas de (dióxido de) carbono lleguen a la atmósfera. Creo que el mundo de verdad nos debe esto", continúa.

A dos horas río abajo de El Coca, llego a los bordes del parque Yasuni. Allá, la cooperativa Curi Muyu -liderada por mujeres de la etnia quechua- muestra a los visitantes cómo los indígenas pueden vivir en armonía total con la selva.

Antonia Aguinda, una mujer pequeña y vehemente, me muestra una vajilla de barro cocido que ella misma hizo en el horno para cerámica en el centro del recinto.

"El negocio del petróleo es malo para nosotros", dice Aguinda.

"A algunas personas les dan empleo y dinero, pero a otras no. Nos divide. ¿Y cuánto tiempo durará el petróleo? ¿Tal vez diez años?"

"Si podemos salvar el Yasuní entonces todos tendremos trabajo y podremos seguir compartiendo este hermoso lugar con personas que vienen de muy lejos".

Image caption El parque Yasuni es uno de los lugares más biodiversos del mundo.

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