En las entrañas del fracasado golpe a Chávez

Hombre mira titurales de prensa en Venezuela tras el golpe del 11 de abril de 2002 Derechos de autor de la imagen Reuters

El 12 de abril de 2002, el corresponsal de BBC Mundo en Caracas estuvo dentro del despacho presidencial donde el gobierno de facto intentaba asumir el control del poder. Este es el recuento de lo que vio.

Todo era tan confuso y caótico que nadie se dio cuenta de mi presencia. A nadie pareció importarle que el corresponsal de BBC Mundo estuviera ahí, en el momento del golpe y en el salón donde se maneja el poder en Venezuela.

Era viernes 12 de abril de 2002. En el despacho de la presidencia en el Palacio de Miraflores se vivía un ambiente de caos festivo. Militares y civiles compartían anécdotas en pequeños grupos sobre los eventos políticos del día anterior que habían terminado con la salida del presidente Hugo Chávez.

En una de las esquinas estaba el aún no autoproclamado presidente Pedro Carmona (quien 48 horas después pasaría a la historia como "Pedro el breve"). Era claro que se trataba del hombre con quien todos querían hablar.

Sin embargo, me llamó la atención que no estuviera allí la cúpula de la central de trabajadores que hasta apenas unas horas antes había estado tan unida al empresariado que representaba Carmona en su enfrentamiento con Chávez.

Y me llamó la atención porque para entonces muchas de mis fuentes me sugerían que el consenso de la oposición contra Chávez se había roto.

Se sabía, pero a medias, sin certezas absolutas, cómo había sido la condición informativa de las últimas 12 horas.

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"Vacío de poder"

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Image caption Los militares jugaron un papel esencial en el golpe y el contragolpe.

Pensaba en el vacío de información que se produjo -paralelo a lo que el Tribunal Supremo de Justicia calificó después como "vacío de poder"- que impedía saber a ciencia cierta qué era lo que había pasado luego de que las televisoras intervinieran la cadena nacional, en la que la tarde del 11 de abril el presidente Chávez se empeñaba en hablar de paz justo cuando a las afueras de la sede del gobierno las cosas se definían a tiros.

Serían las tres de madrugada de ese viernes cuando el jefe del estado mayor conjunto de las Fuerzas Armadas, general Lucas Rincón, se dirigió al país: al presidente Chávez "se le solicitó la renuncia, la cual aceptó".

Esas palabras pasaron a la historia no sólo por su incoherencia sintáctica sino por las dudas que generaron entonces y que diez años después siguen sin responderse.

A la antesala del despacho presidencial seguían llegando aquellos que debían asumir ese control, como lo pidió el mismo Lucas Rincón. Yo trataba de mimetizarme con el decimonónico papel tapiz para poder ser testigo marginal de aquella caótica transición de poder.

Pero a medida que pasaba el tiempo, me tocaba desplazarme para hacerle espacio a los que llegaban, hasta que no pude moverme más porque una mesa de afrancesado estilo me cortó el paso.

Sobre esa mesa estaba un volumen de la Ley Habilitante, forrado en papel celofán y atado con una cinta con el tricolor de la bandera venezolana.

Ese paquete de leyes era el que había desatado la indignación de sindicatos y empresarios, e incitó el malestar de la parte antichavista de la población.

Una estilográfica negra marca Montblanc descansaba sobre el fajo de leyes. Creo que el general Carlos Alfonso Martínez, entonces comandante de la Guardia Nacional, pensó en ese momento lo mismo que yo, pues al cruzarnos la mirada me dijo sonriente: "Al hombre no le dio tiempo ni de llevarse la pluma".

A puerta cerrada

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Image caption Nadie sabía decir tampoco por qué Carmona era el hombre que remplazaría a Chávez.

En ese momento, entró el general Camacho Cairuz, viceministro de Seguridad Pública y uno de los militares que horas antes había desconocido la autoridad de Chávez. Estaba visiblemente irritado. No le agradaba el ambiente festivo que encontraba en el despacho presidencial.

Tomó por el brazo al almirante Carlos Molina Tamayo y llevándolo justo hacia el costado del salón donde yo intentaba mantenerme lo más invisible posible le dijo: "Chico, ¿qué haces tú uniformado?".

La pregunta venía a cuento porque Molina había sido sometido a investigación militar antes de los eventos y hasta que no fuera formalmente absuelto de sus cargos no debía presentarse al servicio activo.

Tamayo respondió: "El presidente (se refería a Carmona) me nombró jefe de la Casa Militar", incólume la sonrisa con la que había estado sirviendo de anfitrión en el despacho de su nuevo jefe.

Pero Camacho le recordó que en la vida militar "había reglas" y además le pidió que sacara a toda esa gente porque "por ahí viene Vásquez Velasco (jefe del Ejército) y viene arrrecho (furioso en venezolano)".

Molina acató la sugerencia y la reunión se deshizo rápidamente con la excusa de que "el presidente" tenía que atender algunos asuntos.

Fue justo ahí cuando dejé de ser invisible y un militar me conminó a salir del despacho. Pero cuando iba hacia la salida tuve que detenerme porque fuera estaba Vásquez Velasco y efectivamente venía como lo había descrito Camacho. Pasó a mi lado marcialmente, o al menos mal encarado, y entró directo en el despacho privado de la presidencia. Se cerró la puerta y no supe más.

El resto de aquel viernes 12 de abril fue de espera en el Palacio. En cualquier momento se produciría la "juramentación" del nuevo gobierno, aunque nadie sabía decir a ciencia cierta cuándo, dónde, cómo, ni quién le tomaría el juramento a Carmona. Nadie sabía decir tampoco por qué Carmona era el hombre que remplazaría a Chávez.

Una película de Fellini

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Image caption Una de dos celebraciones distintas en el Palacio de Miraflores.

Finalmente se convocó a la ceremonia de toma de posesión del "nuevo presidente" en el propio palacio, lo que indicaba que los rumores sobre negociaciones con lo que la oposición llamaba el "chavismo light" o "chavismo democrático" no habían prosperado, o quizá ni siquiera se habían intentado.

La escena en el palacio parecía a la de una película de Fellini: rostros exultantes de aquellos a los que el chavismo había sacado dos años atrás de los corredores del poder nacional después de llegar al poder.

Fue extraño ver a Carmona con un papel en la mano izquierda y levantando la derecha para auto juramentarse. Yo estaba transmitiendo en vivo, vía telefónica, para la edición de BBC Internacional, nuestro noticiero de radio de cada hora, y trataba de describir una escena que no terminaba de entender a cabalidad.

Desde Londres, la presentadora, María Elena Navas, inmediatamente me hizo la pregunta que muchos fuera y dentro de Venezuela se hacían -algunos se la siguen haciendo- y me preguntó si había habido un golpe de Estado.

"No podía hablarse de un golpe en sentido clásico porque los militares no salieron a la calle, todo lo contrario, fueron acuartelados. Pero cuando unos oficiales desconocen públicamente la autoridad del presidente elegido y le piden la renuncia, eso es un golpe", dije esforzándome por hacer un análisis decente de la situación.

En todo caso, luego sabríamos que ese fue el primer golpe, activado por la masacre en los alrededores del Palacio de Miraflores causada por unos disparos cuyos orígenes siguen sin estar bien explicados.

Después vendría lo que se bautizó popularmente como el "Carmonazo", que permitió que el empresario asumiera el mando sin que nadie se lo hubiera delegado. Y todavía vendría el "contragolpe" organizado no solo por los seguidores de Chávez, sino por los llamados militares "institucionalistas", que terminaron retirando el apoyo al gobierno de facto. Tres movimientos casi simultáneos. Todo en 48 horas.

Carmona leyó el Decreto Número Uno, el único del breve gobierno de transición. Se disolvieron los poderes y hasta se le quitaba el rótulo de "Bolivariana" a la República de Venezuela. "Pedro, te queremos", gritaban los asistentes al acto ante cada nuevo anuncio.

Preocupación

Cuando salí a la calle sentí que las cosas no habían terminado aquí, pese al entusiasmo de muchos colegas periodistas y hasta los diagnósticos de más de un analista político. No era que hubiera visto yo algo diferente sino precisamente porque vi justamente lo que vimos todos: un peligroso desconocimiento del orden institucional.

Ya en el auto, enciendo la radio y escucho a una exultante entrevistadora preguntarle al padre jesuita y politólogo Mikel de Viana qué le parecía "la nueva era que se abría". Pero De Viana no estaba en la misma onda optimista y dijo estar "muy preocupado por lo que había oído" y que le iba a preguntar a su "amigo Pedro Carmona Estanga qué vaina es esa" que acababa de hacer.

La entrevista con quien normalmente era un contumaz crítico de Chávez no duró mucho más.

Yo no lo sabía, pero estaba escuchando los primeros pasos de la polémica autocensura que los medios ejercieron el 12 y 13 de abril, cuando los grupos simpatizantes del chavismo empezaron a salir a la calle para exigir, no tanto el regreso, sino noticias sobre el paradero de su líder, a la sazón detenido por los militares en una base naval cercana a Caracas. Pero los medios sólo mostraban imágenes repetidas de la auto juramentación y las versiones opositoras sobre la que calificaron como "la masacre de Miraflores".

El sábado 13 de abril, el jefe del Ejército dijo por televisión que los militares garantizaban su apoyo al gobierno de facto si se derogaba el Decreto Número Uno. En ese momento supe que Carmona no duraría mucho.

Regresó entonces Chávez en helicóptero al Palacio en el que pocas horas antes sus adversarios habían celebrado su caída. Miles de personas lo recibieron con cantos de "volvió, volvió, volvió, volvió".

En cadena de televisión, el restablecido presidente esgrimió una cruz, pidió perdón, ofreció reconciliación y hasta prometió corregir el rumbo de su proyecto político, que por aquellos años nadie apellidaba socialista.

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