Lo que vi de Chávez

Cartel electoral de Hugo Chávez

En la atmósfera se respiraba un fervor casi religioso. Aquella gente esperaba a su Mesías. Había optimismo, confianza y sensación de justicia, de revancha obtenida. Hugo Chávez había ganado las presidenciales del 6 de diciembre de 1998.

Esa noche esperábamos a que hablara desde el improvisado podio que marcaba la enorme bandera de Venezuela en una de las terrazas exteriores del teatro Teresa Carreño, en el centro de Caracas.

El elegido llegó, saludó y entonó el himno nacional a coro con todo su público. Sería un rito que le vería repetir después en las muchas ocasiones en que celebró los triunfos electorales con los que fue cimentando su control del poder, ya desde el palacio presidencial de Miraflores, al frente de su Revolución Bolivariana.

Ese día, Chávez no habló aun de revolución, sino de reforma. Ofreció la "resurrección de Venezuela". Pedía unión y reconciliación, necesaria tras la dura campaña electoral que marcó la práctica desaparición de los partidos que habían dominado la política venezolana del último medio siglo.

Su mensaje de aquella noche y los que ofrecería todavía en la primera etapa de su ya lejana primera presidencia, dejaron una sensación optimista. Incluso algunos de quienes no habían votado por él y muchos de los que luego se convertirían en sus acérrimos detractores, reconocieron luego haberle dado el beneficio de la duda al presidente electo.

Pero esas lunas de miel acaban abruptamente. Con el final de la de Chávez se puso en marcha una dinámica política de permanente confrontación que definió lo que es hoy la nación sudamericana y que con seguridad seguirá moldeándola por varios años por venir.

Un domingo se acabó el amor

Fue pocos meses después de su toma de posesión, en uno de sus maratónicos programas dominicales, Chávez se permitió corregirle la plana al diario El Nacional, el mismo que tanto había hecho por promocionar su imagen desde su tiempos de fracasado golpista.

Siguieron otras críticas a otros medios. Fue la declaración oficial de la guerra con la prensa. Después se perdería el respeto. Mutuamente.

A veces dentro de Venezuela, a veces fuera de ella, fui testigo de la transformación de Chávez de antipolítico a reformista primero y a líder revolucionario después.

Al salir de la cárcel en 1994 promocionaba la abstención convencido de la inutilidad de lo electoral. Luego se dejó arropar por grupos de izquierda y derecha que tenían en común roces con el estatus político del último medio siglo.

Se declaró admirador del británico Tony Blair y de la Tercera Vía. Al final se sacó de la manga una Revolución Bolivariana, al final socialista, de la que nunca antes habló en campaña, pero que terminó siendo la razón de su existir.

Fue una metamorfosis de pragmático cultivador de alianzas a líder personalista, mesiánico. Del "Chávez es del pueblo" a "El pueblo es Chávez", un orden de palabras que encierra la clave del culto a la personalidad que define su legado.

El proceso estaba completo para el 28 de julio de 2004, aunque algunos no se hubieran dado cuenta. Ese día Chávez cumplió 50 años y lo marcó con una extraña cadena de radio y televisión.

Eran frecuentes sus largas interrupciones de la programación. Pero esa vez no era un mensaje institucional o político, sino para "celebrar" con el pueblo.

Todavía en aquel entonces pareció un gesto de ego excesivo. Lo vimos en la pantalla desde su casa materna en Barinas tomando café y cantando coplas. Alegre en su día, como tenía que ser. Y como, al parecer, pensaba él que el resto de la población debía estarlo.

Desde meses atrás habían empezado a aparecer por todo el país vallas informativas del gobierno en las que en lugar del logo del Ministerio respectivo salía la foto de Chávez sonriente y a todo color. Al principio era un fenómeno del interior del país. Pensé que era producto de aduladores, típico de círculos políticos más provincianos.

Pero cuando el estilo llegó a la TV central y al resto de los medios del Estado, llevando implícito el mensaje de que era Chávez mismo el que hacía tal o cual obra, el que daba las pensiones o los servicios de salud -no el gobierno o siquiera la presidencia-, me di cuenta de que el personalismo del líder en la vida política se había arraigado en Venezuela.

Yo había visto algo similar en Cuba a fines de los 80, pero eso era entonces una reliquia ideológica. Un modelo político y comunicacional que entonces nadie pensaba que fuera práctico imitar.

Una deuda épica

Hugo Chávez fue el primer caudillo venezolano del siglo XXI, una especie que se suponía relegada a la historia.

La verdad es que nunca nadie le dijo caudillo, aunque ese fuera muchas veces su estilo. Le decían Comandante, que también tiene que ver con la cualidad del conductor de hombres.

Se lo decían tímidamente al principio, porque el pasado golpista era lo que menos querían destacar los que empezaron con Chávez su andadura política a mediados de los 90. Luego, con inocultable orgullo, porque su pasado de militar rebelde siempre fue lo que más quiso destacar Chávez de su hoja de vida.

"Chávez siempre tendrá una deuda épica", me explicaba en 2004 el hoy desaparecido Alberto de Garrido, uno de los "chavistólogos" más profundos que hubo en Venezuela.

Esa deuda la resolvió cazando peleas o aceptando las que le planteaban.

Así, ganó aquel pulso con la prensa, sobrevivió un paro general en el que participó la poderosa industria petrolera, un referéndum revocatorio, un curioso levantamiento militar que "liberó" una plaza de Caracas y hasta un golpe de Estado que logró sacarlo del poder por 48 horas.

En el proceso, Chávez fue quedando con un aura de "invencible" que terminó convenciendo hasta a sus propios detractores.

Garrido era de la teoría de que Chávez habría preferido llegar al poder por la vía militar en 1992 y no por la electoral en 1999, porque ese origen democrático le imponía a su gobierno las limitaciones típicas del juego político.

Y lo de Chávez era una revolución, decía Garrido, un proceso por naturaleza hegemónico que no atiende a calendarios electorales ni negociaciones de pasillos. Sin embargo, en lo fundamental, Chávez se mantuvo en el juego de las apariencias democráticas, aunque muchas veces lo hiciera torciendo reglas.

El diluvio

Chávez siempre dejó ver que su presencia era imprescindible para el proceso de cambios.

Image caption Chávez deja bien establecido un culto en torno a su persona.

En su última campaña electoral en 2012 dijo, ya sin remilgos, que aquella votación se trataba de él, de su permanencia en el poder al frente de la revolución. Eso era lo que realmente contaba y no si había agua o luz o si las calles tenían huecos o si la inflación se comía los salarios.

Algunos leyeron aquello como un rasgo de narcisismo extremo, signo del supuesto agotamiento del discurso oficial. Pero la apelación personal sirvió, a juzgar por el resultado electoral que le concedió al presidente ese cuarto mandato presidencial que no pudo cumplir.

Chávez, como tantos hombres fuertes antes que él, vislumbraba el diluvio ante su posible salida de escena. Pedía más tiempo para "completar" la obra de gobierno e instauró la reelección indefinida. Decía que se iría eventualmente, a descansar, a esa misma finca en Barinas en la que celebró su cincuentenario en cadena de televisión.

Pero no antes de 2021, la fecha que desde el principio puso como punto final para su gestión. Aunque no diera nunca las sumas de los periodos presidenciales que tendría que cumplir para salir del poder el mismo año del bicentenario de la batalla de Carabobo, la que selló la independencia de Venezuela.

Se fue antes de lo que él había previsto o habría querido. Se fue como llegó: como un Mesías. Y dejó su culto bien consolidado.

El elemento de fe en el que se basaba su liderazgo se vio en aquellos trances místicos de sus seguidores rezando en plazas de Caracas y otras ciudades por su recuperación, tras su última operación en Cuba.

En vida de su líder, el chavismo se fue convirtiendo en un credo en el que se militaba fervorosamente.

Desaparecido, Chávez deja una teología para sus herederos que se resume en el nuevo lema del gobierno venezolano: "Viva Chávez". El caudillo ausente seguirá ganando peleas para los suyos, como el Cid Campeador, otra leyenda.

Su recuerdo y los efectos de su gestión seguirán presentes para varias generaciones de venezolanos, incluso aquellos que nunca vieron en él a un profeta. Incluso para muchos que aún no han nacido.