El mexicano que entrena a futbolistas en Fukushima

Javier Saldívar, en Fukushima Derechos de autor de la imagen Javier Sauras y Felix Lil
Image caption Juan Saldívar entrena a futbolistas en Fukushima.

Tres años después del terremoto, el tsunami y el desastre nuclear, hay áreas de Fukushima que tratan de recuperarse de la tragedia jugando al fútbol. Y un mexicano juega un papel clave en esto.

Juan Saldívar llegó a Fukushima hace nueve años para jugar como profesional en el fútbol japonés.

El club que le contrató no dio el salto de calidad que su directiva había planificado y Juan decidió probar suerte como profesor y dedicarse a la formación de jóvenes talentos.

Hoy su labor es mucho más complicada que cuando comenzó: Fukushima se ha convertido en un terreno baldío. Seco.

Los japoneses en la zona tratan de evitar la desaparición de los jóvenes talentos que, empujados por la catástrofe, tuvieron que mudarse a otras zonas del país.

Los que se quedaron, se enfrentan a condiciones extremadamente difíciles.

Masaki Moriyama, es un joven arquero de 13 años. El futbolista pasó más de dos años sin jugar al aire libre; la radiación era demasiado alta como para correr el riesgo.

La familia de Masaki también tuvo que abandonar su hogar.

"Hasta hace poco, apenas podías salir a la calle", explica Saldívar a BBC Mundo.

Lea: Fukushima un año después, ¿en qué se parece a Chernóbil?

El triple desastre

Derechos de autor de la imagen Javier Sauras
Image caption Los niños del club Fukushima disfrutan las tardes de fútbol, aunque estén en medio de un <br> campo poblado de radiación.

El 11 de marzo de 2011 el lecho del océano Pacífico se estremeció con un terremoto de 9 grados en la escala de Richter. Las olas que provocó el seísmo alcanzaron los 23 metros en la costa.

Pueblos enteros fueron arrasados y la fuerza destructiva del tsunami desencadenó un accidente en la central nuclear Fukushima I que llevó a la fusión del núcleo y al escape de partículas radioactivas.

El "triple desastre", como se conoce en Japón aquella jornada funesta, dejó un balance de 16.000 muertos, más de 2.700 personas desaparecidas y 315.000 evacuadas en un radio de 40 kilómetros.

Las nubes radioactivas volaron en un radio de 60 kilómetros alrededor del remoto pueblo donde se encontraba la planta nuclear y las actividades al aire libre se redujeron al mínimo.

La escuela de élite más moderna de la Asociación Japonesa de Fútbol, en la que se formaban varias decenas de alumnos, tuvo que cerrar después del desastre. Sus instalaciones pasaron a utilizarse para dar refugio a los evacuados, primero, y más tarde para apoyar las labores de descontaminación.

"Muchos de los niños siguen sin poder jugar", dice Saldívar.

"Sus padres tienen miedo porque no confían en la información del gobierno, que muchas veces resulta trivial. La radiación no se ve ni se siente y eso les hace ser más precavidos."

De alguna manera, él también comparte este miedo: Juan tampoco permite que su hija de cinco años pase mucho tiempo al aire libre.

Derechos de autor de la imagen Javier Saura
Image caption El tsunami de 2011 arrasó con pueblos enteros en la zona, y con las escuelas de fútbol.

Es fácil encontrarse con un campo de juego abandonado en los pueblos evacuados de Fukushima. Muchos de los clubes sólo existen sobre el papel.

"Teníamos un equipo juvenil bastante fuerte", asegura Norio Kanno, alcalde de la localidad evacuada de Iitate.

"Los entrenadores decían que alguno de los jóvenes podría haber llegado a ser profesional, pero ahora todos se han marchado. La mayoría de ellos ya no practica ningún deporte."

La radiación en Iitate es tan fuerte que Kanno ha tenido que trasladar su oficina a un pueblo cercano. En el patio del instituto todavía quedan zapatillas deportivas polvorientas y pelotas deshinchadas.

Sobre la tierra en la que jugaban cientos de niños, hoy se pueden seguir las huellas de las liebres y los pájaros.

Y Saldívar lleva un año tratando de organizar torneos de fútbol con los que sacar a los niños de sus casas para combatir el miedo al exterior.

Padres preocupados

Sin embargo, no resulta una tarea sencilla. Detrás del arco que defiende Masaki, los equipos de descontaminación enterraron hace meses varias toneladas de tierra radioactiva. Algunos padres se sienten incómodos al ver a sus hijos trotando sobre el césped artificial.

"Antes de cada torneo recorro el campo con mi contador (de radiación) Geiger. Sólo quiero estar segura", dice Yukari Miura, madre de Amane, una niña de ocho años que, vestida con ropa de deporte, se esconde un poco intimidada.

"Sabe perfectamente que éste es un lugar peligroso", dice Miura.

"Pero ella quiere jugar y yo se lo permito. Otros padres no hacen lo mismo", afirma.

Derechos de autor de la imagen Javier Saura
Image caption Los niños de la escuela de fútbol de Iitate esperan su oportunidad para demostrar su <br> capacidad y sus ganas de jugar fútbol.

Masaki también conoce el peligro. Cuando él y sus padres tuvieron que irse de Namie, su ciudad natal, su antiguo equipo se disolvió.

"Preferiría estar junto a mis antiguos compañeros", susurra mirando al suelo. "Mis amigos han dejado de jugar porque sus padres ya no les dejan", dice el guardameta. "¿Que si me asusta venir a jugar?", repite Masaki, y se encoge de hombros.

Nadie conoce exactamente los niveles de radiación, que cambian de un día para otro y oscilan llamativamente en un centenar de metros.

"El fútbol en Fukushima sólo se recuperará si muchos niños vuelven a jugar", asegura Saldívar.

Los niños corren hoy como hace tres años y sus padres les animan desde la banda, aunque varios de ellos escondan un contador Geiger dentro del abrigo.

Juan mira receloso a las nubes que pasan sobre los bosques cercanos: "si empieza a llover, debemos irnos inmediatamente. No sabemos lo que puede venir del cielo."

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