García Márquez y su fascinación con el poder

Fidel Castro y Gabriel García Márquez. Foto AFP. Derechos de autor de la imagen AFP

Gabriel García Márquez dijo alguna vez que, en realidad, los escritores sólo escriben un libro. Y el suyo era el de la soledad.

También pudo haber dicho que era el libro del poder.

A lo largo de su obra, el premio Nobel de Literatura colombiano mira, desde diferentes perspectivas y personajes, los usos y abusos del poder. En especial, el ejercido por el hombre. Por el patriarca.

Para muchos, esa fascinación no sólo se traslucía en su obra, sino en su vida.

Una de las críticas más frecuentes a García Márquez, el hombre, era su cercanía con algunos personajes poderosos, como el expresidente del gobierno español, Felipe González, o los exmandatarios de Estados Unidos y Francia, Bill Clinton y Francois Mitterand.

Cercanía que podía ser -decían- completamente acrítica en el caso del líder cubano Fidel Castro.

El fallecido escritor chileno Roberto Bolaño lo dijo con su típica acidez: García Márquez era "un hombre encantado de haber conocido a tantos presidentes y arzobispos".

Pero, ¿es una acusación justa?

La novela del patriarca

La novela de García Márquez más obviamente relacionada con el poder es "El otoño del patriarca".

Publicada en 1975, en ella el escritor escruta la vida y milagros de un dictador latinoamericano (alguna vez dijo que el patriarca era Aureliano Buendía -uno de los protagonistas de "Cien años de soledad"- si se hubiera tomado el poder).

Es quizás la novela donde el García Márquez lleva hasta el máximo su experimentación verbal y estructural.

Después de ella viene ese mecanismo de relojería que es "Crónica de una muerte anunciada" (otra exploración del poder patriarcal, esta vez desde el machismo) y sus restantes novelas, en las que la estructura y la narración son más ortodoxas.

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Image caption Capítulo del libro de Enrique Krauze sobre García Márquez.

Desde la publicación de El Otoño se ha comparado incontables veces al innombrado patriarca con dos de sus grandes amigos -ambos caribes de pura cepa, como Gabo: Fidel Castro y el fallecido exhombre fuerte de Panamá, Omar Torrijos.

El discípulo de Octavio Paz y director de la revista cultural mexicana Letras Libres, Enrique Krause, dedicó un capítulo de su libro "Redentores, ideas y poder en América Latina" a Gabriel García Márquez y el poder.

En el escrito, titulado "La sombra del patriarca", Krause (quien es muy crítico del régimen cubano) dice que "no hay en la historia de Hispanoamérica un vínculo entre las letras y el poder remotamente comparable en duración y fidelidad, servicios mutuos y convivencia personal al de Fidel y 'Gabo'".

Según Krause, en la biografía autorizada de García Márquez, escrita por el británico Gerald Martin, se arroja luz sobre los orígenes sicológicos de la relación entre García Márquez y Fidel Castro, y de paso la fascinación del escritor por el poder:

"Se remontan a la casa familiar de Aracataca y, en particular, al vínculo de 'Gabito' con su patriarca personal, el coronel Márquez. Ahí está la semilla de su fascinación frente al poder: cifrada, elusiva, pero mágicamente real".

Acto seguido, Krause llega al punto central de su argumento: ni siquiera en su novela es García Márquez crítico con el poderoso, con el caudillo.

"Más allá del lenguaje, la trama no deja de registrar la subjetividad del tirano: sus nostalgias, sus miedos, sus sentimientos. Pero la simplicidad de su mundo interior resulta moralmente ofensiva: rara vez se escuchan reflexiones sobre las responsabilidades y dilemas del poder, cavilaciones sobre el mal, la abyección o el cinismo, mucho menos el atisbo de un drama de conciencia", escribe.

La visión del biógrafo

Antes de formar parte del libro, el texto de Krause apareció publicado en la revista Letras Libres. La respuesta de Gerald Martin no se hizo esperar, pues lo vio como un ataque contra su biografía.

En una carta a la revista, el biógrafo indicó que "Krauze critica a García Márquez por su 'obsesión con el poder' pero esto (…) es risible: lo que a él no le gusta es el tipo de poderosos que García Márquez busca (sin añadir el hecho, muy conocido pero no mencionado por Krauze, de que son los poderosos los que buscan a García Márquez, porque él también es un poderoso). ¡Seamos enteramente francos: quién no sabe que el mismo Krauze ha querido siempre estar cerca del poder!".

Martin -que publicó su biografía de García Márquez en 2008, luego de 17 años de investigación- tiene su propia interpretación de la fascinación del escritor por el poder.

En una entrevista concedida a la agencia EFE el año de la publicación de su libro, Martin dice:

"García Márquez es claramente un personaje icónico íntimamente relacionado con el acontecer político e histórico de América Latina. Él ha querido ser siempre testigo del poder y es justo decir que esa fascinación no es gratuita, sino que persigue determinados objetivos. En los años 70 fue un activista muy directo, un partidario de la revolución cubana y de sus aventuras africanas."

Y agrega: "Pero el mundo ha cambiado desde entonces y sus aspiraciones políticas son ahora más defensivas, como proteger la revolución (cubana), en la que ve un símbolo de la independencia y la dignidad latinoamericanas. Gabriel García Márquez se ha relacionado con Felipe González o Bill Clinton, pero todo el mundo se fija sólo en su relación con Castro".

El amigo

Durante muchos años, el periodista colombiano Plinio Apuleyo Mendoza fue uno de los grandes amigos de García Márquez. Lo conoció cuando ambos eran estudiantes en Bogotá y juntos vivieron en París y Caracas. También presenciaron -como corresponsales extranjeros primero, como empleados de Prensa Latina, después- la revolución cubana.

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Image caption Primera edición de "El otoño del patriarca".

Pero mientras García Márquez se mantuvo firme del lado de la revolución, Apuleyo Mendoza se desencantó de ella, en especial a partir del juicio al poeta Heberto Padilla, en 1971 (que también significó el principio del fin de la amistad de los escritores del boom). Con el pasar de los años se volvió firmemente anticomunista.

Eso no le ha impedido escribir extensamente sobre su amistad con García Márquez.

En uno de esos textos, "Aquellos años con Gabo" (luego reeditado con el título Gabo, Cartas y recuerdos", donde añade once cartas que el escritor le envió), dice:

"Obviamente las simpatías de García Márquez van actualmente hacia el caudillo y no a la burocracia (comunista cubana)".

"(…) El caudillo, en cambio, forma parte de su paisaje geográfico e histórico, subleva los mitos de su infancia, habita recuerdos ancestrales, está latente en todos sus libros".

"En esta perspectiva debe situarse su adhesión a Fidel. Fidel se parece a sus más constantes criaturas literarias, a los fantasmas en los que él se proyecta, con los cuales identifica su destino de modesto hijo de telegrafista llegado a las cumbres escarpadas de la gloria; Fidel es un mito de los confines de su infancia recobrado, una nueva representación de Aureliano Buendía".

Aquí habría que decir que la fascinación por los caudillos fue algo que compartieron la mayoría los escritores latinoamericanos contemporáneos.

Sobre dictadores, caudillos y hombres fuertes escribieron novelas Carlos Fuentes ("La muerte de Artemio Cruz"); Miguel Ángel Asturias ("El señor presidente"); Alejo Carpentier ("El recurso del método"); Augusto Roa Bastos ("Yo el supremo"), Tomás Eloy Martínez ("La novela de Perón) y Mario Vargas Llosa ("La fiesta del chivo").

La diferencia entre "con" y "por"

Como dice Gerald Martin, la posición de García Márquez frente a Cuba se transformó con el paso de los años. De ser entusiasta y proselitista en los 70 -prueba de ello son los reportajes que escribió en esa época, reunidos en "Por la libre"- pasó a una más defensiva y guardada después.

En las ocasiones en que habló sobre el tema, Gabo dijo que la opinión pública -y sus críticos- no conocían de las incontables labores de buena voluntad que realizó tras bambalinas, no sólo a favor de personas específicas -presos políticos en el caso de Cuba-, sino de misiones diplomáticas entre países.

Además, es indudable que su relación con algunos poderosos ha sido también una cuestión de química personal. A pesar de sus inclinaciones políticas, no fue, por ejemplo, cercano de Daniel Ortega en Nicaragua o Hugo Chávez en Venezuela, también hombres del Caribe.

Y hay que agregar algo más: la fascinación de García Márquez es con el poder. No por el poder.

En los años 80, en Colombia le insinuaron que podía convertirse en un candidato de unión a la Presidencia. Muy probablemente hubiera ganado, pero no aceptó. Lo que le atraía intensamente del poder eran sus entresijos, sus resortes. Sus personajes. Algo que, inevitablemente, estaba vinculado con la creación literaria.

A diferencia de Mario Vargas Llosa, su íntimo enemigo (quien aspiró a la presidencia del Perú en 1990), el ejercicio del poder político nunca le interesó.

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