El hombre que conquistó la ola que nadie se atrevía a surfear

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Image caption Los mejores surfistas del mundo siguen considerando a Mavericks como uno de los lugares sagrados del surf.

Cada año la esperaba impaciente para sumergirse en un mundo de fantasías.

Su aparición era impredecible, pero nunca faltaba a la cita.

Para Jeff Clark ese momento, ese contacto con una ola gigante que se levantaba en el horizonte cada invierno frente a una playa de California conocida como Mavericks (inconformista, en su traducción al castellano), le generaba pensamientos, ideas, sueños.

Fue así como un día en 1975 se decidió a surfearla.

Clark describió a la BBC ese momento y cómo, dos décadas después, esa playa se convirtió en una de las más famosas, o infames, del mundo.

La adoración

Esas olas vienen de una distancia de 1.600 kilómetros, y son tan grandes como un edificio de cuatro pisos. ¿Te puedes imaginar a un edificio así viniendo hacia ti a 50 kilómetros por hora así de la nada, choca con el bordillo de la playa y se vuelca encima de ti? Así es como es en Mavericks.

Image caption Jeff Clark recordó la época en la que se comenzó a surfear las olas de Mavericks.

Tienes que coger esa ola y lograr bajar por toda su cara antes de que reviente y se vuelque por encima de ti.

Es una de las cosas más emocionante que jamás pensé en hacer.

Comencé a observarla y a estudiarla hasta que llegó ese día en el que las condiciones eran perfectas. Era como un plato de vidrio. Las olas aparecían como en formación con un ritmo acompasado.

Cuando estás tú solo haciendo algo que está al filo de los límites asumes que tienes que ser muy cuidadoso, muy calculador. No intentas nada que no crees que podrás lograr el 99% de las veces. No puedes permitirte cometer un error en ese momento, por lo que eres paciente.

Comencé a nadar hacia el mar y recuerdo que la corriente estaba muy fuerte porque la marea estaba a su máximo nivel. Tenía que bordear un arrecife y recuerdo luchar entre las olas. Finalmente pude llegar hasta el punto de formación.

Image caption Mavericks no sólo es conocida por sus gigantes olas, también lo es por sus peligrosas rocas.

Hay rocas a unos 475 metros de la playa que sobresalen levemente del agua.

Después de esas rocas hay plataformas debajo del agua que tienen la forma de tu mano. Parecen como espaldas de caimanes en el suelo del océano, con la cola apuntando hacia el noroeste.

Cuando la ola comienza a sentir la cola del caimán reduce su velocidad un poco. Al tiempo que se dirige hacia el arrecife en Mavericks, pierde profundidad y en el medio asume la forma de una cuña. Esa cuña golpea de repente en una plataforma que está a sólo 4,5 metros de profundidad y es como si alguien se tropezara.

La primera experiencia

En el momento en el que llegó la ola, me di la vuelta y ya no había vuelta atrás, estaba totalmente decidido. Con la cabeza abajo comencé a bracear lo más fuerte que podía, nadando sobre la tabla tan rápido como se podía hacer.

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Image caption La aceleración que produce surfear el tubo de las olas de Mavericks genera una adrenalina difícil de describir.

Comencé a sentir esa aceleración al formarse el tubo de la ola. Al ponerme de pie, en el momento que comencé a bajar, apareció una sombra de la ola que estaba a mi espalda.

Sólo buscaba descender, atemorizado, tratando de mantener la velocidad para dejar atrás a esa cosa.

Y lo logré. Me escapé. No hay nada más satisfactorio que ver algo que estuviste observando por tantos años, estudiándolo y luego hacer lo que pensaste que podías hacer.

Lea: ¿Es esta la ola más grande jamás surfeada?

Pero nadie más estaba con ganas de hacerlo. Durante años estuve tratando de que la gente me escuchara, cerca de arrastrarlos hasta allí. Pero ninguno quería saber de eso.

En 1990 conseguí que dos chicos de Santa Cruz salieran al agua conmigo y regresaron a Santa Cruz con el cuento de la ola gigante. La siguiente vez que apareció la ola en Mavericks hubo 12 chicos listos para cogerla y a partir de allí todo cambió.

La tragedia

Fue un poco desconcertante al principio. Pero al mismo tiempo que la gente venía y se iba, lo intentaban y fallaban, lo volvían a intentar y lo lograban, todo fue encontrando su logar.

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Image caption Una cruz recuerda la muerte de Mark Foo.

La atención volvió a centrarse en la ola, en el sentido que nadie vendría y superaría la magia de esta ola.

Eso me sirvió de consuelo luego de haberla compartido, que siempre seguiría siendo Mavericks.

En diciembre de 1994 escuché que Mark Foo, Ken Bradshaw y Brock Little, instituciones del surf de la época, estaban viniendo a surfear a Mavericks.

Yo salí al agua y luego ellos aparecieron en la línea de formación. Habían buenas olas y grandes, pero no era gigantes y fuera de control. Nada del otro mundo, sino de unos siete o nueve metros.

Me acerqué a Mark y le dije, "Mark, ¿qué piensas?", y él me respondió, "nunca me imaginé que había una ola tan buena". Simplemente fue estimulante escuchar eso.

Después, cuando me estaba cambiando en la playa, alguien me gritó desde el acantilado que había un grupo de chicos dirigiéndose hacia las rocas. Tomé los binoculares y pareció que todos habían conseguido salir con éxito.

Pero luego llegó una señal de socorro por los altavoces del puerto y las patrullas salieron. Dos vigilantes comenzaron a tratar de resucitar un cuerpo. Allí fue cuando me dí cuenta que era Mark Foo.

Él había sido uno de los que habían sido arrastrados hacia las rocas, pero nunca pudo salir. Nadie lo notó.

Me dije que tenía que encontrar a Ken Bradshaw, quien había venido con Mark. Lo hice y le dije, "Ken, tienes que venir conmigo. Mark se ahogó". Me dijo que lo llevara a donde estaba él. Fue un día muy triste.

Mark había dicho que tienes que estar dispuesto a pagar el máximo precio si quieres vivir la máxima adrenalina. Desafortunadamente le costó la vida.

Me sentí responsable. Sabía que Mavericks era peligroso. Sabía que nos podía llevar. Si era nuestro momento seguro que nos llevaría.

La reconciliación

Dos días más tarde, el día de Navidad, agarré mi tabla, mi traje de neopreno y conducí hasta la playa. No había nadie. Estuve allí un rato, poniendo mis pensamientos en orden y nadie se apareció. Caminé hasta el final de la arena, me arrodillé y recé una oración. Hablé con mi creador sobre lo que había pasado y le pedí a él que me cuidara.

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Image caption Cada año decenas de surfistas se juntan para participar en la competencia en Mavericks.

Justo antes de saltar al agua, escuché una bocina y gritos que venían desde el acantilado. Eran mis amigos con los que había surfeado desde la secundaria. Habían visto mi auto estacionado y se detuvieron. Me encontraron justo antes de que me metiera al agua y fue como, "¡sí!, genial".

Nadé mar adentro y me tomé un momento por Mark. Comencé a coger olas y la última la surfeé toda la distancia hasta la laguna.

Eso fue para mí como el cierre adecuado. Aunque sigue siendo una tragedia.

Simplemente Mavericks

De una forma cambió todo. Nadie había muerto por surfear olas grandes y justo cuando vinieron los mejores surfistas de Hawái a California uno muere.

La realidad es que surfear las olas gigantes es peligroso y que puedes morir. Tener tres botes en el agua, motos de agua, un helicóptero y nadie lleva un registro de los surfistas que están en la línea de formación... me quedé sorprendido.

Terminé siendo un vigilante en el agua en Mavericks y comenzamos a entrenar a los surfistas en rescate y técnicas de salvavidas, en reanimación cardiopulmonar. Fue para cubrirnos, para cuidarnos entre nosotros.

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Image caption La ola más grande en Mavericks alcanzó más de 20 metros de altura.

La mala fama de Mavericks creo que lo hizo más popular que nunca. Para surfear y sobrevivir Mavericks tenías que engañar a la muerte.

No me gustó mucho toda esa notoriedad y la reputación que Mavericks te podía matar. Estaba más preocupado que seguir vivo y que mis amigos siguieran vivos.

Han pasado 40 años desde que se surfeó Mavericks por primera vez. Y ver al flujo de personas que surfean sus olas, las carreras que han surgido de sus olas es algo asombroso.

Todavía disfruto salir allí afuera. Desearía hacerlo sin nadie un par de veces, pero sé que eso no pasará. Pero escojo los días en los que salgo a surfear.

Lo hice hace un par de semanas y todavía fue igual de extraordinario que la primera vez.

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