El peligro de vivir rodeado de minas explosivas en Colombia

A principios de marzo de 2015 año y en el marco de diálogos de paz que llevan adelante desde 2012, el gobierno de Colombia y la guerrilla de las FARC anunciaron que trabajarían en conjunto para remover minas, otros artefactos explosivos y munición sin detonar. Desminar el país puede llevar décadas; mientras tanto, las poblaciones de las zonas más expuestas, como Anorí, en el noroeste del país, viven día a día con el riesgo de sufrir accidentes. BBC Mundo estuvo allí.

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Jair de Jesús Arboleda cuenta que el 1 de diciembre de 2012 estaba limpiando los alrededores de su casa en la zona rural del municipio de Anorí cuando pisó una mina antipersonal.

El hombre de 40 años relata que se arrastró por dos días y dos noches hasta llegar al camino principal, donde lo recogió un camión que lo llevó hasta un hospital.

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Image caption Cuando escuchó la explosión, Diana Zapata corrió a ver qué había pasado con Jhon Fredy.

Debieron amputarle la pierna derecha por arriba de la rodilla.

Me contó su historia por teléfono, porque no pudo llegar al encuentro que habíamos planeado en la cabecera municipal de Anorí, en el departamento de Antioquia, el más afectado por minas antipersonales y otros explosivos de Colombia.

Quien sí estaba allí era el adolescente de 17 años Jhon Fredy Marín Zapata, junto a sus padres.

Moviendo el ganado

Hace poco más de un mes, el 12 de marzo de 2015, Jhon Fredy, quien tiene una discapacidad cognitiva, ayudaba a su padre a mover el ganado por sus tierras.

En algún momento perdió un poco el equilibrio y apoyó su mano izquierda sobre el costado de un sendero.

Diana Zapata, su madre, quien estaba dentro de la casa, escuchó un estallido y corrió hacia su hijo.

"Él gritaba 'mami, mami, mami'", me contó.

Jhon Fredy perdió parte de dos dedos y fue herido por esquirlas en el cuerpo.

Todavía está conmocionado por el evento y esconde permanentemente su mano, como si le diera vergüenza.

Más de 11.000 víctimas

Zapata me dijo que en Anorí todos saben bien que hay mucha presencia de explosivos y minas antipersonales, pero que ella no creía que le podía tocar a su familia.

"Nunca pensé que podría (haber un artefacto explosivo) en mi finca".

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Image caption Este explosivo fue hallado a pocos metros de una escuela rural en Anorí.

Jair de Jesús Arboleda y Jhon Fredy Marín Zapata son sólo dos de las 160 víctimas de explosivos que Anorí ha registrado en los últimos 25 años, de acuerdo con estadísticas de la Dirección contra Minas del gobierno colombiano.

En ese período, más de 11.000 personas han sufrido ese tipo de accidentes en Colombia; un 20% fueron mortales.

El país sudamericano es hoy el tercero con más eventos con explosivos del mundo en los últimos 15 años, detrás de Camboya y Afganistán.

No es inusual que las víctimas sean niños y adolescentes, como Jhon Fredy.

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Image caption En las escuelas de la zona los niños reciben repetidas clases en educación en riesgo de minas.

Colombia, que a pesar del conflicto es una de las democracias más estables de América Latina, está sólo detrás de Afganistán en número de víctimas menores de edad por minas antipersonales.

Las minas, más allá de los heridos, amputados y muertos, son armas que contagian terror y están prohibidas por el derecho internacional humanitario.

Zona caliente

Este municipio es lo que en Colombia llaman una zona caliente, una donde se vive con intensidad el conflicto de más de cinco décadas que azota al país.

El municipio tiene una fuerte presencia de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y del ELN (Ejército de Liberación Nacional), la primera y segunda mayores organizaciones guerrilleras del país y ha registrado actividad de paramilitares de derecha

En Anorí hay riquezas naturales, pero son también condena.

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Image caption Este barequero, minero artesanal, recoge lo poco que puede de la riqueza aurífera de Anorí, de lo que queda de las explotaciones ilegales.
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Image caption Este es el oro que recolectó en un día, que puede vender por unos 30.000 pesos colombianos (US$12).

Su tierra es bella y fértil; sus entrañas todavía ofrecen vetas de oro viables.

Lo primero propicia los cultivos de coca; lo segundo, la minería ilegal.

Y el intenso río Porce también es bendición y maldición.

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Image caption Ese espejo de agua que se ve en el centro está formado por la represa hidroeléctrica Porce III, que genera parte de la electricidad que consume Colombia.

En él se levantaron las tres represas hidroeléctricas Porce, que proveen una importante parte de la energía de Colombia, y que han llevado recursos al municipio.

Pero las represas y los cables y torres de energía que de ellas emergen son importantes objetivos para la guerrilla, tanto como las fuerzas de seguridad del estado que protegen esa infraestructura.

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Image caption La vereda (caserío) El Limón, de Anorí, tiene a pocos metros, sobre un cerro, una base militar. Eso es algo que preocupa a los habitantes, porque el ejército es blanco de la guerrila.

Y aunque las FARC están en negociaciones de paz con el gobierno desde 2012 y tras anunciar un cese el fuego unilateral en diciembre pasado han disminuido su accionar, las minas y explosivos que hayan sembrado siguen presentes, al igual que las que pudo colocar o seguir colocando el ELN.

Así es que Anorí tiene el mayor número de eventos con minas y otros artefactos (accidentes con víctimas humanas e incidentes sin víctimas) de todo Antioquia, un total de 435 en las últimas dos décadas y media (160 con víctimas humanas).

Aprender a convivir con el peligro

Es difícil imaginar cómo se puede vivir bajo la constante amenaza de las minas antipersonales.

Jair de Jesús ya no puede sacar provecho de su finca, pues la tuvo que abandonar.

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Image caption Jair de Jesús perdió el acceso su tierra tras el accidente.

"Me dijeron que no me vuelva a meter allá", me dijo. "Yo ya no puedo trabajar, yo no puedo hacer nadita".

Diana, la madre de Jhon Fredy, me dijo que todos los días cuando su otra hija, de 10 años, va a la escuela ella no puede dejar de pensar qué podría ocurrir si se desvía del sendero seguro.

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Image caption "Puede haber también una cuerda y uno se puede enredar en ella y puede explotar también la bomba", dijo Michelle Alejandra Quiroz Piedrahita, explicando las formas en que se puede tener un accidente con una mina.

Sabe que hacia los costados puede haber minas. Pero también sabe que los niños son muy curiosos.

Las minas y los artefactos explosivos que se encuentran aquí no son necesariamente de los tradicionales.

Quienes los preparan utilizan plástico, vidrio y otros materiales para que sean más difíciles de detectar.

Muchas veces los detonadores están conectados a objetos que pueden llamar la atención, como teléfonos celulares.

"Puede haber también una cuerda y uno se puede enredar en ella y puede explotar la bomba", me explicó Michel Alejandra Quiroz Piedrahita, una alumna de primaria de la escuela de la cabecera municipal de Anorí.

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Image caption Los materiales para las clases los provee Unicef.

Conversé con ella en el marco de una clase que se da asiduamente allí y en otras instituciones educativas del municipio.

Los materiales los provee Unicef a través de la ONG colombiana Corporación Paz y Democracia, con quienes BBC Mundo llegó hasta allí.

Las clases las dictan habitantes de Anorí: maestros, el cura, líderes comunitarios.

Y el objetivo es que a través de los niños toda la población del municipio sepa cómo hacer para intentar conseguir que esa cifra de 160 accidentados con minas antipersonales no siga creciendo.

Epílogo: más que minas y explosivos

En la clase conocí a Graciela Bahos, voluntaria de la Corporación Paz y Democracia, quien me recordó que en la historia de violencia que le ha tocado vivir a Anorí y a Colombia hay más culpables que los explosivos.

Muertes, desapariciones, desplazamientos forzados.

"Salir acompañando hasta siete cadáveres en un mismo entierro es una cosa muy dolorosa", me dijo Bahos, de 72 años, quien llegó de pequeña a Anorí con su familia.

"A una aquí le ha tocado ver todas las tragedias".

En 2007, me contó, vivió la historia de la violencia en carne propia, cuando mataron a uno de sus ocho hijos.

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Image caption Graciela Bahos perdió un hijo y debió abandonar su tierra por el conflicto.

"Lo mataron los grupos armados".

Y cuando su hijo menor, más recientemente, no quiso sumarse a las filas de las FARC, volvió a sufrir en primera persona.

Como represalia, dijo, la obligaron a dejar su tierra.

Hoy Bahos, además de ser voluntaria de Paz y Democracia, lidera la Asociación de Desplazados de Anorí y la Mesa de Víctimas del Municipio.

Dice que convirtió su dolor y su experiencia en herramientas para unir y educar.

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