A un año de la caída de Mosul, el fantasma de la guerra sectaria acecha a Irak

Manifestación a favor de Estado Islámico en una calle de mosul en junio de 2014. Derechos de autor de la imagen AP
Image caption Manifestación a favor de Estado Islámico en una calle de mosul en junio de 2014.

Hace 12 meses, cuando Mosul cayó ante las milicias de Estado Islámico, Irak pasó por un momento peligroso e impredecible.

El grupo islamista logró desmembrar el país, quebrarle la columna al ejército nacional, cometió atrocidades que causaron conmoción y reavivó las llamas del nacionalismo y las divisiones sectarias.

La secuencia de eventos que tuvo lugar después de la catastrófica caída de Mosul, la segunda ciudad del país después de Bagdad, hoy constituye una seria amenaza para la unidad de Irak.

Pone en riesgo también el compromiso de sus distintos grupos étnicos y sectarios de luchar por permanecer unidos.

Hace un año Irak se encontraba en un punto muerto para formar un nuevo gobierno, tras unos resultados parlamentarios inconclusos.

El ex primer ministro Nouri Al Maliki trató de obtener un tercer mandato, pero se convirtió en el hombre al que muchos culpan dentro y fuera de Irak de haber utilizado políticas divisorias que favorecieron a su mayoría chiíta y enajenaron a la población sunita.

Un ataque relámpago y varias malas señales

A principios de 2014 Estado Islámico ya había establecido una base en la vecina Siria y había puesto un pie en Anbar, el corazón del territorio sunita en Irak.

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Image caption Milicianos de Estado Islámico desfilan en un vehículo del ejército iraquí por una calle de Mosul, en junio de 2014.

La noche del 9 de junio, hace exactamente un año, lanzaron su ataque relámpago, arrasando Mosul, tomándose entera la provincia de Nínive y avanzando hacia el sur hasta la ciudad natal de Saddam Hussein, a menos de 200 kilómetros de Bagdad.

Las milicias de Estado Islámico se hicieron con grandes cantidades de armas abandonadas por las fuerzas iraquíes que desertaron, saquearon cientos de millones de dólares de los bancos, liberaron a cientos de milicianos de las cárceles y llevaron a cabo brutales ejecuciones y decapitaciones.

En cuestión de pocos días pasaron cosas que sólo podían interpretarse como malas señales.

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Image caption El gobierno iraquí reforzó la defensa en los alrededores de la capital, Bagdad, que sufrió y sigue sufriendo, series de ataques suicidas.

Los kurdos tomaron el control de la ciudad rica en petróleo de Kirkuk, bajo el pretexto de protegerla de Estado Islámico. Los kurdos la consideran su capital histórica, pero el avance sobre Kirkuk también demostraba sus conocidas ambiciones a largo plazo de más autodeterminación en su territorio histórico.

También quedó claro que Estado Islámico contaba con el apoyo de algunas milicias sunitas tribales y de fuerzas leales a Saddam Hussein, y que para combatirlos el gobierno iraquí iba a tener que depender del apoyo de milicias chiitas entrenadas y financiadas por Irán, una receta para problemas sectarios.

Estados Unidos empezó a indicar que cualquier tipo de ayuda militar directa para frenar el tsunami que era Estado Islámico estaría condicionada a la salida de Al Maliki y al nombramiento de un nuevo líder capaz de unir y ganarse a todos los iraquíes.

Un Califato y una alianza entre enemigos

Mientras, seguían llegando a Irak yihadistas extranjeros y Estado Islámico continuaba acumulando logros militares.

Anunciaron su autoproclamado Califato y mostraron sus colores ultrafanáticos y de supremacía sunita, ejemplificados en el trato a las mujeres, a los cristianos en Mosul, a los yazidíes en Sinjar, a los turkomanos en Amerli e incluso a los sunitas que los enfrentaron por la destrucción de iglesias, mezquitas chiitas y monumentos históricos en Mosul y Nimrod.

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Image caption Miembro de Estado islámico dañando patrimonio arqueológico en el museo de Mosul.

En agosto de 2014 Al Maliki renunció y tomó el relevo Haidar Abadi, quien prometió unir a los iraquíes.

Poco después, una coalición liderada por Estados Unidos inició una campaña de bombardeos aéreos contra Estado Islámico, con el objetivo declarado de "degradar y finalmente derrotar a EI".

La estrategia militar se apoyaba en el poder militar aéreo de Estados unidos y sus aliados, combinado con la inteligencia recolectada por fuerzas iraquíes locales en el terreno, las fuerzas kurdas en el norte del país y las chiitas apoyadas por Irán en el centro y oeste de Irak. Mientras, intentaban reconstruir el ejército iraquí.

Estados Unidos e Irán se convirtieron en improbables "aliados" en el campo de batalla que es Irak, cuando ambos gobiernos apoyaron al gobierno de Bagdad y se involucraron en la lucha contra Estado Islámico.

Desde Washington, el presidente Barack Obama urgió a los países árabes de mayoría sunita a apoyar esa lucha.

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Image caption Las ofensivas sobre Tikrit y Ramadi causaron miles de desplazados.

Les pidió que combatieran la ideología promovida por Estado Islámico que habla de la victimización de los sunitas, en una presunta guerra en su contra llevada a cabo por los chiitas con el apoyo de Occidente.

Pero para las naciones árabes fue todo un desafío apoyar los esfuerzos internacionales contra Estado Islámico a la vez que intentaban evitar perder apoyo entre los sectores sunitas de línea más dura entre sus propias poblaciones.

Se reforzó la defensa en los alrededores de la capital, Bagdad, que sufrió y sigue sufriendo, series de ataques suicidas.

Así se llegó a un punto muerto en términos de seguridad, en el que aún se mantienen líneas de batalla semiestáticas.

Lee también: ¿Por qué no se consigue frenar el rápido avance de Estado Islámico?

¿Hacia una lucha sectaria?

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Image caption Soldado de la unidad de movilización chiita Al-Abbas en la provincia de Anbar, en mayo de 2015.

En marzo de este año el ejército iraquí en conjunto con milicias chiitas apoyadas por Irán, lanzó una ofensiva contra Estado Islámico en Tikrit.

El ataque se no iba a ningún lado hasta que intervino Estados Unidos con bombardeos y Estado Islámico fue desalojado.

Algunos interpretaron la victoria de Tikrit como una señal de que la marea estaba empezando a cambiar y como un signo de que la liberación de Mosul podría estar también en el horizonte.

Pero unas semanas después Estado Islámico logró otro avance espectacular en la provincia de Anbar, tomando el control de su capital, Ramadi.

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Image caption Desplazados sunitas por la violencia en Ramadi en la capital iraquí, Bagdad, en mayo de 2015.

Y la manera en que el ejército iraquí se desvaneció a medida que los milicianos de Estado Islámico entraban en Ramadi trajo recuerdos de la derrota en Mosul.

También proyectó sombras sobre la estrategia contra los islamistas y minó la confianza en la capacidad del ejército iraquí para recuperar su eficacia.

Además, obligó a Bagdad a pedir la ayuda para su despliegue en Anbar de las unidades conocidas como Movilización Popular. Estas unidades son milicias predominantemente chiítas, algunas de las cuales han sido acusadas de cometer atrocidades contra iraquíes sunitas y aún así fueron arrojadas al bastión del Irak sunita para combatir a Estado Islámico.

Esto amenaza con hacer que la naturaleza del combate se vuelva cada vez más sectaria, de lo cual ya se han empezado a observar indicios.

Estados Unidos y sus aliados occidentales están redoblando los esfuerzos de su estrategia y todavía apoyan al primer ministro Haidar Abadi para que atraiga a todos los iraquíes en un frente común contra Estado Islámico y evite la desintegración del país.

Pero... ¿podrá devolverle la consistencia a este huevo revuelto en el que se ha convertido Irak?

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Image caption Miliciano de Movilización Popular, grupo chiíta muy criticado que se ha incorporado en la lucha contra EI.

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