Natalia Ponce de León, víctima de un ataque con ácido en Colombia: "Ya le perdí el miedo al espejo"

Natalia Ponce de León Derechos de autor de la imagen Eugenia Rodriguez Peria
Image caption Natalia recibió de regalo cientos de grullas de papel. Hay una antigua creencia japonesa que sostiene que quien reciba mil grullas de papel se recuperará de una enfermedad y tendrá una larga vida.

A los 35 años, Natalia Ponce de León es una mujer expresiva, con una mirada encendida, con los ojos de alguien que pensó que no volvería a ver.

La casa de su madre, con quien vive, suele estar en penumbra; la luz del sol no es buena para las quemaduras.

Natalia las sufrió severamente en dos ocasiones.

A los tres años, en la cara, cuando quedó bajo el caño de escape de un auto al ir a buscar una pelota escurridiza con la que jugaba con su hermano.

La segunda ocurrió 30 años después, cuando un hombre al que apenas vio alguna vez le arrojó, sin que se sepan sus motivos, un litro de ácido sulfúrico que le quemó toda la cara, los brazos, una pierna y medio abdomen.

Un salvaje ataque

Cuando era una niña de tres años pasó cinco meses encerrada, curándose.

"Quedó perfecta", recuerda su madre, Julia Gutiérrez de Piñeres, quien la acompañó durante todo ese proceso y el siguiente.

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A los 33, Natalia pasó semanas internada en el hospital, tuvo que someterse a decenas de cirugías y todavía necesita muchas más.

Fue víctima de uno de los más salvajes ataques con ácido que se hayan visto en Colombia, uno de los países con más casos en el mundo.

Denuncias por ataques con ácido en Colombia

  • 1 en 2005

  • 17 en 2010

  • 67 en 2012

  • 43 en 2013

  • 62 en 2014

  • 14 en 2015

"Ese día casi me muero", dice Julia, la madre, cuando rememora el 27 de marzo de 2014, cuando un hombre, Jonathan Vega, según consta en los documentos de la fiscalía de Colombia, se hizo pasar por un exnovio de Natalia para que ella fuera hasta la puerta y pudiera lanzarle el ácido.

"Sentí como agua"

Antes de comenzar nuestra conversación Natalia me deja abrir una cortina para que entre buena luz para grabar el video que acompaña esta nota; ya hace un tiempo que se mueve cómoda por la calle.

Es elegante, está vestida con una blusa algo transparente e insiste en que la espere para que pueda maquillarse, algo que no acostumbraba a hacer antes del ataque.

La luz me molestaba, no podía cerrar los ojos porque no tenía párpados

"Sentí como agua", cuenta acerca del momento en que el ácido cayó sobre ella.

"No sabía qué era realmente, no me acuerdo ni del olor ni de nada. Entré a mi casa gritando. Se me empezó a deshacer la ropa, luego sentí ardor".

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Image caption Julia Gutiérrez de Piñeres, mamá de Natalia, la ha acompañado durante su recuperación. El día del ataque, a pesar de ser oxígeno dependiente, corrió de aquí para allá para ayudar a su hija.

A pesar de que el ácido carcome la piel e incluso puede afectar tejidos más profundos, hasta los huesos, el principal temor de Natalia siempre fue quedar ciega.

Aprender a pestañar

"La luz me molestaba, no podía cerrar los ojos porque no tenía párpados, me tocaba andar con unos conos para que me hidrataran los ojos y no se me dañara la córnea", cuenta acerca de su proceso de recuperación.

Le operaron los párpados unas cuatro veces y en el proceso, dice, tuvo que volver a aprender a pestañar.

Mi tía me regaló un espejo chiquito, de aumento y, bueno, no me despego de (él)

No perdió la vista, pero es tal el espanto que aún le causa esa idea, que asegura que si hubiera estado en el lugar de la iraní Ameneh Bahrami, quien quedó ciega en un ataque con ácido en 2004, habría actuado distinto a ella.

Por la Ley del Talión (ojo por ojo, diente por diente) que aplica en Irán, Ameneh pudo –y casi lo hace– haber dejado ciego a su atacante, pero finalmente lo perdonó.

"La venganza no es una forma de sanar", asegura Natalia.

Pero de inmediato afirma: "Si hubiera quedado ciega y me dicen que tengo la oportunidad de que este hombre también viva el sufrimiento que me hizo vivir, de quedarme sin ojos, lo haría, sí lo haría".

"No me reconocí"

No tuvo que enfrentarse a esa decisión, pero el haber conservado la vista sí la obligó a estar cara a cara ante el espejo, ante un rostro distinto; al encuentro con un yo que ya no era suyo.

"Me vi en el espejo por primera vez y casi me muero", me dice. "No me reconocí, era totalmente un monstruo".

"Dije: 'no tiene sentido seguir así'; quise irme en muchos momentos".

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Image caption Natalia y el espejo que le regaló su tía y del que no se despega.

Pero su rostro fue mejorando con el tiempo, con las intervenciones quirúrgicas, y Natalia se fue habituando a verse, a ese nuevo yo.

"Mi tía me regaló un espejo chiquito, de aumento y, bueno, no me despego de (él)".

"Somos los mejores amigos, ya le perdí el miedo al espejo", sonríe.

Las máscaras

La casa está llena de máscaras, decorando paredes, sobre mesas, y en la habitación de Natalia.

También hay máscaras médicas, que son parte de su tratamiento y que por bastante tiempo usó en público.

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Image caption En la casa de la madre de Natalia hay máscaras por todas partes, de las médicas y decorativas, como esta.

Las dejó de llevar a principios de enero de este año (las sigue usando como tratamiento), el día en que se anunció la ley que lleva su nombre y endurece las penas contra quienes realizan ataques con ácido.

Lo decidió esa misma mañana. Se dijo que estaba bonita, que era el momento de darle la cara al mundo.

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Image caption Una de las máscaras terapéutica que Natalia ya no usa en público.

En parte, dice, fue gracias a un viaje que hizo a Nueva York poco antes.

"Tuve bastante contacto con mucha gente, algo que fue muy lindo, porque ya llevaba bastante tiempo encerrada".

"Afortunadamente no perdí nada"

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Image caption En abril de 2015 Natalia creó una fundación que le da asesoría jurídica y de salud a las víctimas de ataques con ácido. En esta foto está recogiendo elementos médicos que ya no usa y que va a donar a otras personas quemadas con ácido.

Todavía no van dos años del ataque y ha logrado una recuperación extraordinaria, de mano de los médicos y de su fuerza de voluntad.

"Me propuse salir adelante y se ve el resultado de la evolución", asegura.

"Tengo expresión, tengo piel, tengo mis facciones, mi nariz, mi boca; afortunadamente no perdí nada; no se me quemó el cuello, ni el pecho; no perdí las manos, los dedos, las orejas".

Y entonces habla otra vez de la mirada, esta vez de la ajena.

Asegura que cuando la veamos el año próximo, una vez que complete las cirugías que le faltan, va a estar mucho mejor.

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Image caption Natalia asegura que el año que viene, con el avance de su tratamiento, estará mucho mejor.

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Qué hacer ante una quemadura con ácido

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Image caption Jorge Luis Gaviria, el especialista que ha operado a Natalia Ponce de León, asegura que con una pronta reacción puede reducirse el daño de un ataque con ácido.

"Lo principal es el lavado con agua y aplicación de jabón", explica Jorge Luis Gaviria, cirujano especializado del Hospital Simón Bolívar de Bogotá, que trata a Natalia Ponce de León.

Advierte también que es importante que la persona que ayuda no se convierta en segunda víctima, que cuide sus manos.

Es importante que no se arranque la ropa de la víctima, sino que se corte, indica.

Y que se trate de secar con una toalla de papel absorbente la sustancia química: "Eso puede retirar hasta un 80% de la sustancia que está encima del cuerpo".

Luego lavado con agua limpia, durante unos 20 minutos, seguido por aplicación de jabón líquido unos 15 minutos.

El proceso, indica Gaviria, se debe repetir hasta que llegue la ambulancia y la persona sea llevada a un centro de quemados especializado.

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