Qué cambió en Colombia para que dejaran de aparecer cadáveres todos los días en Barrancabermeja

Jaime Peña
Image caption Jaime Peña frente al retrato de su hijo Yesid.

"Se llevaban a la gente y allá la tiraban, no aceptaban que nadie cogiera los cuerpos; llegó un momento en que la gente dijo que el pescado no se podía comer, porque estaban echando muchos muertos".

Estamos en una pequeña embarcación en uno de los brazos del río Magdalena, las palabras son de Emiliano Velázquez, pescador.

Habla de la más salvaje época de violencia que afectó a la ciudad colombiana de Barrancabermeja y su zona de influencia, la región del Magdalena Medio, en torno al año 2000, cuando los paramilitares se tomaron la zona y al miedo que ya imponían los grupos guerrilleros se sumó este nuevo y acrecentado terror.

También lo recuerda así Jaime Peña, víctima de la peor masacre Barrancabermeja, la del 16 de mayo de 1998, en la que un grupo de paramilitares mató a siete personas y desapareció a otras 25, entre ellas a su hijo de 16 años.

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"Desde la sala de la casa que va a la calle, veo que va a mi hijo con un tipo encapuchado apuntándole con un fusil por la espalda; yo desde adentro le grito 'eh, Yesid, ¿qué pasa?', él intenta hacer un giro para contestarme, pero el tipo lo empuja con el fusil por la espalda; esa es la última visión que yo tengo de mi hijo", me contó.

Pero las víctimas no fueron sólo causadas por el accionar de paramilitares. A Jackeline Rojas, activista de derechos humanos, las FARC le mataron a su papá y luego el ELN asesinó a su pareja; más tarde, si, los paramilitares acabaron con la vida de su hermano y luego tuvo que abandonar Barrancabermeja, amenazada.

"Era terrible saber que tú salías de tu casa y para llegar al trabajo, a la oficina o ir al mercado, te encontrabas dos o tres cadáveres en el camino", dice acerca de lo que ocurría en el año 2000.

Image caption Emiliano Velázquez vivió el horror en las aguas del río Magdalena.

Historias como estas se repiten en las de millones de colombianos víctimas del conflicto de más de medio siglo entre fuerzas del estado, grupos guerrilleros y paramilitares, uno en el que han muerto más de 220.000 personas y desaparecido millares.

Pero esas cifras se han ido reduciendo, especialmente en los últimos tres años, en los que se ha venido desarrollado el proceso de paz entre el gobierno y las FARC, que se espera que en las próximas semanas alcancen un acuerdo definitivo para poner fin a la guerra.

Reducción significativa

Desde que se inició el cese el fuego unilateral por parte de las FARC a mediados de 2015, que fue correspondido por el gobierno con un desescalamiento de acciones contra esa guerrilla, y hasta mediados de enero de 2016, se ha vivido en Colombia uno de los períodos de menor intensidad del conflicto armado, según el Centro de Recursos para el Análisis de Conflictos (CERAC).

Image caption El alcalde Darío Echeverri Serrano considera que la situación ha mejorado notablemente.

De acuerdo con el mismo centro de investigación, Barrancabermeja es el municipio donde se ha registrado el descenso más significativo de acciones de violencia de conflicto y violencia política.

Según CERAC, la reducción fue del 80%, al comparar el período de tres años hasta noviembre de 2012 con los tres años siguientes, durante los cuales el gobierno y las FARC avanzaron en las negociaciones de paz.

Bajo el calor y la humedad a la que no terminan de acostumbrarse ni ellos, los habitantes de Barrancabermeja aseguran que esa transformación se percibe en la vida cotidiana, se sienten más seguros en su ciudad.

"Ya se puede salir a la calle, ya hay muchos barrios que han crecido que eran lugares a los que no se podía ir", asegura Alberto Mendoza, mientras lija una de las piezas de madera con las que arma modelos a escala de torres petroleras para vender como souvenirs en una zona comercial en la margen del río.

Cobijado por el frío del aire acondicionado de su despacho en el centro de la ciudad, el alcalde Darío Echeverri Serrano –quien todavía tiene pintada la sonrisa de campaña de fines de 2015– también celebra el descenso de la violencia.

Image caption Jackeline Rojas tuvo que dejar Barrancabermeja por las amenazas contra su vida.

"Hoy no es ni la sombra de lo que era en años anteriores", me dice, "en los últimos tres años ha habido un cambio total".

De esos años anteriores se acuerda Emiliano Velázquez, el pescador, quien en dos ocasiones tuvo que presentarse ante comandantes de grupos armados a pedir por su vida.

Una vez ante el ELN, otra ante los paramilitares, acusado por 25 personas de colaborar con la guerrilla.

Con todo, logró conservar una expresión de simpatía que nunca se escapa de su rostro –una simpatía que asegura lo ayudó a sobrevivir– y el amor por ese río Magdalena que le dio tanto terror pero le sigue danto tanta vida.

El origen

Si la Barrancabermeja actual es una muestra de una Colombia que vive uno de los períodos menos sangrientos en medio siglo, también lo es de su historia de conflicto, cuyo origen esencial es difícil de reducir a unas pocas causas concretas.

Según me dijeron aquellos con quienes conversé, tiene que ver con una combinación del interés generado por la riqueza petrolera –allí se encuentra una de las mayores refinerías del país–, carbonífera, aurífera, la ubicación estratégica sobre el río Magdalena y una historia de fuertes movimientos de defensa de derechos de los trabajadores.

Image caption Uno de los orígenes de la violencia en Barrancabermeja está en su riqueza petrolera.

Fue lugar de emergencia de los sindicatos petrolero, naviero y bananero, que se constituyeron en los más fuertes y combativos del país, señala el padre Eduardo Díaz.

El religioso conoce bien Barrancabermeja y sus peligros: tuvo que dejarla dos veces, primero por poco tiempo, por una supuesta amenaza del ELN, luego por años, exiliado en Canadá, por persecución de paramilitares.

"Si usted apoyaba a la guerrilla, se le venían encima los paramilitares; si usted ayudaba al Ejército, se le venía encima la guerrilla; y si no apoyaba a nadie se le venían encima todos, porque todos los consideraban peligroso, porque no estaba alineado".

El padre Díaz también admite que la ciudad está "más tranquila".

Y lo piensa, al menos en parte, Jaime Peña, quien conserva la memoria de su hijo desaparecido en fotografías y en cuadros que el muchacho pintaba, colgados en una de las habitaciones de su casa en un suburbio de Barrancabermeja.

Image caption El padre Eduardo Díaz también debió abandonar la ciudad por amenazas, pero ahora vive nuevamente allí.

Caminamos juntos por las calles por las que su hijo transitó el recorrido hacia el fin, me mostró el lugar en el que el día de la masacre que había visto un cuerpo degollado, desangrándose, un espacio que es ahora un rincón de una galería de una casa, donde hay una gran nevera blanca.

"Yo constato que no es mi hijo, me regreso, levanto a mi señora y desde ese momento estoy en esta búsqueda de verdad y justicia", me cuenta sentado en una de las gradas de la chancha de fútbol donde se concentró la masacre, mientras obreros de la construcción van de aquí para allá, avanzando en tareas de mejoramiento del pequeño estadio.

Image caption Una de las pinturas obra del desaparecido hijo de Jaime Peña.

De repente Peña se calla, mira preocupado y señala a uno de los hombres que, cree él, podría estar espiándolo; hasta que no se va no vuelve a hablar.

Peña no ha perdido el miedo.

Desplazamientos, amenazas

"Ahora la violencia se da de otra manera, más selectiva, más soterrada, pero está ahí", advierte.

Es de quienes creen que el paramilitarismo sigue presente, algo que rechaza el gobierno, que prefiere hablar de bandas criminales e insiste en que el paramilitarismo como tal se acabó cuando se desmovilizaron esas organizaciones alrededor de 2005.

Aunque se haya dado una reducción en la violencia, todavía falta camino por recorrer.

Es algo que admite la propia directora territorial del Magdalena Medio de la Unidad de Víctimas de Colombia, Amparo Chicué Cristancho.

"Se siguen presentando desplazamientos", me dice.

Derechos de autor de la imagen Natalio Cosoy
Image caption La directora regional de la Unidad de Víctimas para el Magdalena Medio ve cómo todavía persisten ciertas amenazas.

A Chicué Cristancho le preocupan, además, las posibles reacciones violentas de usurpadores de tierras cuando el estado intenta restituirlas a sus dueños originales.

Según los registros de su oficina entre 2010-2012 y 2013-2015, las denuncias de homicidios vinculados al conflicto cayeron en casi un 90%, los atentados y combates se redujeron a la mitad y los secuestros desaparecieron.

Sin embargo, aumentaron levemente los desplazamientos y se multiplicaron por tres las denuncias de amenazas.

La autoridades locales también reconocen que el problema del tráfico local de drogas es un tema serio y que, si bien han bajado los homicidios, han aumentado las riñas.

Son todos elementos que previenen el establecimiento de una paz armónica.

Causas objetivas

A la terraza del edificio donde tiene su oficina Ubencel Duque Rojas, desde la que se ve la ciudad, el río, la gran refinería de petróleo, sube el rumor de los barranqueños que viven hoy con menos terror.

"Ha bajado la violencia en tanto expresión del conflicto armado, pero las causas objetivas por las cuales debe trabajarse para construir una paz siguen latentes, siguen vigentes", me dice él, director del Programa de Desarrollo y Paz del Magdalena Medio a modo de reflexión cargada de advertencia.

Se refiere al alto desempleo, a los conflictos agrarios y socioambientales, así como los altos índices de necesidades básicas insatisfechas.

Es algo que el gobierno nacional argumenta que será más fácil resolver una vez alcanzado un acuerdo de paz que facilite el acceso a los territorios, de la actividad del Estado, las organizaciones sociales y los propios individuos, para avanzar en el desarrollo del país.

Pero la historia de Barrancabermeja, la pasada y la reciente, no deja de tener un dejo de advertencia, de recordatorio de que para la consolidación de la paz –más allá de firmas y acuerdos – es esencial mantener a raya la pulsión de guerra.

Derechos de autor de la imagen Natalio Cosoy
Image caption Los ríos y ciénagas que rodean a Barrancabermeja lavan con sus aguas la historia de violencia que azotó a la región.

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